RUBOR DE TINTA, María Belén Mateos Galán

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MARÍA BELÉN MATEOS GALÁN, Rubor de tinta, Diversidad Literaria, 2016, 102 páginas.

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RECETA FAMILIAR

   Rebusqué los ingredientes para preparar una sencilla y suculenta sopa. Una cebolla, una pizca de sal y unos granitos de arroz para espesarla. Con las sustancias cociendo a fuego medio, fui aspirando su olor, dejándome empapar por sus pequeñas burbujas. Acerqué mis manos al suave calor de su vapor y traté de escuchar el borboteo que jugaba con el agua. Recé dos padrenuestros y cinco avemarías, como me había enseñado mi abuela, para saber el punto exacto de cocción.
   Serví este manjar en tres platos. Los niños me preguntaron si no tenía hambre, les contesté que ya había cenado.

IRRESPONSABLES, Leandro Hidalgo

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LEANDRO HIDALGO, Irresponsables, Micrópolis, Lima, 2016.

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IRRESPONSABLES

   Somos irresponsables, culpables de lo que no está hecho, odiosos de la obligatoriedad del acto. No tomamos magnitud, ni percibimos ninguna deuda. La omisión y el desánimo no representan un castigo para nosotros. Dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy.
   Cada vez que no vibró, lo soltamos; si se quería ir, lo dejamos; si se quería quedar, lo quedamos. Asumimos las consecuencias y a veces no sabemos ni cuáles son. Somos niños que guerrean las batallas inútiles que nos inventamos librar. Somos un jardín de infantes en Alcatraz. No verificamos, no somos exactos, no lo entendemos, no disponemos de pruebas para nada de lo que decimos.
   Somos irresponsables, infractores de lo que no hemos escrito por nuestra cuenta, pero inocentes de lo que hacen los responsables en nuestro nombre.

CREACIONES MÍNIMAS, María José Viz Blanco

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MARÍA JOSÉ VIZ BLANCO, Creaciones mínimas, Ojos Verdes, Alicante, 2016, 192 páginas.

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LA ORDEN

   Se agitaba nervioso en el asiento. Había recibido la orden tajante de su madre de no levantarse bajo ningún concepto. Quería salir a jugar y no entendía nada. La gente seguía entrando. Hablaban entre ellos con rostros muy serios y, algunos, lloraban.
   Van a despertar a papá, pensaba el niño, preocupado, sin atreverse a decirlo en voz alta, por si su madre lo reprendía.

CACHORROS DE ORNITORRINCO, Francisco Rodríguez Coloma & Raquel Vázquez

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FRANCISCO RODRÍGUEZ COLOMA & RAQUEL VÁZQUEZ, Cachorros de ornitorrinco. Teoría del microrrelato y experiencia docente, Zaera Silvar Editor, A Coruña, 2015, 96 páginas.


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Durante el curso 2013-2014 la escritora Raquel Vázquez impartió docencia en su antiguo instituto: el IES Francisco Aguiar de Betanzos. Los alumnos de 3º de Enseñanza Secundaria Obligatoria comenzaron a escribir frenéticamente microrrelatos tras sus lecciones. El subtítulo del libro, Teoría del microrrelato y experiencia docente, obedece a esa razón: el libro contiene la Unidad didáctica elaborada por Raquel Vázquez y los microrrelatos de 36 chicos de catorce y quince años, que despertaron la admiración del escritor Pedro Sánchez Negreira, padrino de esta recua de jóvenes escritores, a los que mostró sus herramientas creativas. De sus jóvenes autores dijo: «Treinta y seis talentos por pulir, algunos de ellos de muchos —repito, muchos—quilates».
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ÍNDICE

Prólogo     [5]
Antología de microrrelatos     [9]


Unidad didáctica: El microrrelato     [35]
1. La competencia comunicativa a través de los textos literarios     [39]
2. Teoría del microrrelato    [48]
3. El microrrelato en las aulas de secundaria    [61]
4. Desarrollo de la unidad didáctica    [67]

Referencias bibliográfica     [87]

Microrrelatos seleccionados para el desarrollo de la propuesta     [91]



SONAJERO

El bebé es incapaz de dormir con el llanto de su padre.


Pablo Ferrer Herrero
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[DES]AMOR
Pensaron que un hijo ayudaría a terminar con sus discusiones de pareja. 
Ya son familia numerosa.
Isabel López Blanco
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INFANCIA
El niño no era invisible, pero todos lo ignoraban.
Rosalía Doporto Regueiro

EL ATASCO Y DEMÁS FÁBULAS, Luis Goytisolo

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LUIS GOYTISOLO, El atasco y demás fábulas, Anagrama, Barcelona, 2016, 184 páginas.

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CELESTE

   Exactamente igual que cuando Arnaut Daniel nos decía de mi pot far l'amors q'inz el cor m'intra miells a son vol c'om fortz de frevol verga, como San Juan de la Cruz podía decir que ya sólo en amar es mi ejercicio, o como para los antiguos la invocación a la hija de Júpiter, robador de Europa y de Ganímedes, era obligado preámbulo, del mismo modo que para la Emperatriz Escarlata la blanca extensión de sus dominios era sólo el símbolo de aquel otro blanco donde ni un solo cetro se abatiera sin rendirle homenaje, exactamente así, todo en amor sigue vigente. 
   Mi amor: tu amor es tan grande que hace hasta innecesaria la existencia concreta de un ser amado. La convicción de que no puede no existir te basta. 
   Etérea, etérea, inasible, irradiante. Nada más seductor que lo repentino, ya que no inesperado. Cazar al vuelo el brillo de unos ojos, comprender su sentido, darle cálida cabida. Y después, a la luz discreta de un cuarto de baño como de mansión deshabitada, reabrocharse, experta, el vestido, ajustárselo con precisos toques, arreglarse el pelo y, al amparo de las gafas oscuras, atrás ya lo púrpura, reaparecer en la calle, ligera, flexible, renovada, ingrávida, sin dejar huella ni prueba alguna de su paso. 
   Un corazón, nos consta, que guarda siempre una singular predilección por cada uno de sus amantes, más aún, adoradores. Y así como el número de éstos, en virtud de su misma naturaleza, es prácticamente ilimitado, ella, en cambio, la de todos amada, es siempre fenómeno único, cualidad irreemplazable, creatura donde cuantas circunstancias suelen concurrir a su presencia entre nosotros parecen complacerse en perfilar el contraste. Condiciones requeridas: elasticidad, seguridad en sí misma, buenos reflejos, fuerza enigmática. Otro atractivo: las encantadoras maneras de manifestar y resolver sus aspiraciones más íntimas, sus necesidades más elementales. 
   Régimen alimenticio: ensaladas, consomé, panaché de verduras del tiempo, melón con jamón, pescado blanco grillé, carne saignante, quesos frescos; abstenerse en lo posible de féculas. Bebidas: té, zumos de frutas, una copa de vino durante las comidas, whisky; en ocasiones, vodka helado. Colores: oros, blancos, celestes. Árbol: el abedul. Piedra: el ágata. Divinidades: Visnú. Vientos propicios: del norte; cierzo, mistral, tramontana, etc. Números: el 2 y el 11. Día de la semana: el viernes. Perfumes: secos, tenues, picantes. Lugares: preferentemente paisajes de carácter agreste: playas calcinadas, nieve, ventisqueros; interiores sofisticados. Ama las conversaciones telefónicas, la correspondencia secreta. Ejercicios aconsejables: esquí acuático y, en general, todos los deportes náuticos; danza clásica, equitación. Atención a los excesos de velocidad en carretera. Épocas favorables: de final de junio a primeros de septiembre; fin de año. Un solo problema: el estreñimiento. 
   Imposible no morir de amor cada vez, el pecho como anegado, al recordar o, más todavía, al imaginar lo que él debe estar recordando, morir de amor cada vez que a lo largo de la acera se ve reflejada en los escaparates. 
   Las historias de amor son siempre sustancialmente las mismas. Lo único que cambia es la forma de contarlas. De ahí que, aunque algún día llegasen a cambiar en su sustancia, el cambio, al seguir pareciéndonos mera cuestión de forma, carecería en la práctica de toda trascendencia. 

HISTORIAS DE ENFERMOS Y VIEJOS, Eugenio d'Ors

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EUGENIO D'ORS, Historias de enfermos y viejos, Bedía Santander, 1981, 50 páginas.

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Existe una edición de este título (Grano de Arena, Madrid, 1941), aunque por el número de páginas, 70, es probable que contenga más relatos de los que reeditó Pablo Beltrán de Heredia.
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EL MÉDICO DE LA MÚSICA Y DE LOS PERFUMES

   Dentro de su euforia habitual de enfermo del pecho, lo único que atormentaba a nuestro pobre amigo eran las noches, el insomnio y la agitación de las noches... Últimamente había pasado semanas enteras sin dormir más que a ratos cortos, en una semi-vigilia especial, surcada de terrores y angustias. Para serenarse, encendía la luz y se ponía a leer. Leía una hora, dos, hasta que se relajaba su atención, perdía interés en el texto y se le confundían las letras. No acababa de cerrar los ojos; la rendija del párpado mal caído dejaba ver un poco del blanco. El ruido, aun leve, del abandonado libro al caer al suelo era generalmente señal para un grito ronco que se escapaba de la garganta; una especie de alarido, continuado en cortos gemidos, alguna vez en quebrados sollozos. En ocasiones, los gritos se multiplicaban en escala ascendente, y luego descendían hasta cerrarse en un suspiro profundo. Abría entonces los ojos de nuevo, con una grande mueca de espanto.
   El examen del funcionalismo sensorial había revelado en este doliente, con placas de anestesia diseminadas, discromatopsia y estrechez del campo visual.
   Le trató y curó el que llamábamos entonces «médico de la música y de los perfumes». Era éste un finlandés, discípulo de Bestchinsky y de Berberoff. Trajo a casa de nuestro amigo una caja de música de sonido muy agradable. La instaló en la alcoba, y se le daba cuerda en el momento en que el onirópata se iba a acostar.
   Dulces melodías, un poco pueriles, le acompañaban el primer sueño. El oído permanecía vigil cuando los demás sentidos dormían. Aquél daba un mensaje, y el poder de la música hacía que el mensaje fuera de clemencia y de paz. Iban los intervalos de reposo volviéndose cada noche más largos y tranquilos.
   El enfermo, que la noche antes se había dormido en los brazos de la música, corría al despertarse a recibir la caricia de los perfumes. Estas sesiones a matinales formaban parte del tratamiento. El mismo doctor acostumbraba a presidirlas y administraba su maravilloso estuche de esencias múltiples, en pomo o en tubo.
   Solía preludiar con el olor a ámbar: a su influjo, el abatido se animaba un poco. Sus movimientos respiratorios empezaban a modificarse en el ritmo y en la amplitud. Volvíanse más profundos, a la vez que más lentos... Al ámbar sucedía la violeta. A la violeta, el heliotropo.
   Tanto como los procesos respiratorios, recibían los  de circulación influencias bienhechoras. La reacción circulatoria presentaba una vaso-constricción periférica. Eran sensibles al contacto y hasta, dada la delgadez del enfermo, a la vista, las modificaciones del pulso.
   Cuando en el aire el último rastro del heliotropo se evaporaba, nuestro amigo, que era escritor, sintiéndose como remontado para la tarea, se ponía inmediatamente a trabajar.

AÚN QUEDA MUCHO POR DECIR, Rose Ausländer

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ROSE AUSLÄNDER, Aún queda mucho por decir, Sexto Piso, Madrid, 2016, 308 páginas.

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 Muchos de los poemas de esta edición bilingüe traducida por Nuria Manzur son breves.
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SEGUNDO

Cuánto tiempo
se puede esperar

Un segundo
eternidad

lo siguiente
es tiempo

ME HIZO JOAN BROSSA, Joan Brossa

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JOAN BROSSA, Me hizo Joan Brossa, Lumen, Barcelona, 1989, 96 páginas.

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La primera edición bilingüe de Me hizo Joan Brossa apareció en Las Palmas en 1973. Del original (Cobalto, 1951) se reproduce íntegro el prólogo (pp. 9-10) de João Cabral de Melo.
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ÁGUILA

Codroniz, lechuza, mochuelo, pinzón, oropéndola,
verderón, gavilán, perdiz, tordo.
Cruza una mujer, vestida de negro, y sale.
Buitre, pardillo, mirlo, alcotán, abubilla,
gorrión, urraca.
 

NEGRO CLARO, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Negro claro, Sibirana, Zaragoza, 2015, 70 páginas.

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Sibiriana, afortunadamente para el lector, sigue apostando por la traducción al español de Bobin. El lector encontrará en Negro claro el tono reflexivo y las imágenes brillantes que condensan otra lucidez: la de la sabiduría.
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He visto a un joven boxeador tocar el piano. He visto un huevo de codorniz en la hierba. He visto a un gato cubrir con ramitas los despojos de un ratón. He visto a Mandelstam correr por todo Moscú para defender a cinco ancianos condenados a muerte. He visto a un asesino cuyo corazón era un rubí. He visto a un pan empapado por la lluvia pedir socorro. He visto enredaderas agarrarse a una cerca como prisioneros a sus barrotes. He visto a un bebé ofrecer el tesoro de un pastel estrujado en su mano sucia. He visto a la abubilla fabricar su nido con sus excrementos blancos, más deslumbrantes que las palabras de los ermitaños. Nunca he leído una definición satisfactoria del amor. Nunca la leeré.
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Un poema es el máximo de sensibilidad que un hombre o una mujer pueda conocer. Apenas un poco más y los pulmones del lenguaje estallan, como los de aquellos buceadores que suben demasiado rápido de la profundidad del océano.
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Es imposible vivir sin crueldad. Respirar, ejercer la alegría, ya es hacer daño a alguien alrededor.
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El poeta perfora agujeros en el hueso del lenguaje para hacer una flauta. Eso no es nada pero esa nada habla de lo eterno.
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Sobre el corazón del que agoniza un pétalo de rosa pesa varias toneladas, y el mundo menos que una mota de polvo bajo la cama.
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El cuerpo es la única tumba. El muerto es un sobre del que se ha retirado la carta.

LOS SUEÑOS DE LAS SOMBRAS, Fernando Menéndez

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FERNANDO MENÉNDEZ, Los sueños de las sombras, Trea, Gijón, 2016, 104 páginas.

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La legibilidad del mundo termina en el futuro.
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Amar como una sutileza o una pesadilla.
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La mentira sutil de vivir hablando en aforismos.
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Demasiado intelectual para ser sublime.
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No hay camino más peligroso que el que borras.
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El más allá nos enmohece.
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Caminos que no van a ninguna parte, dibujos de pensamientos con los pies.
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Deja tu aforismo y desaparece.

PECES FUERA DEL AGUA, Jorge Riechmann

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JORGE RIECHMANN, Peces fuera del agua, Baile del Sol, Tegueste, 2016, 348 páginas.

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asimetría 
El paraíso en la Tierra no es viable; sabemos que el infierno sí.
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desproporción
Tanta eficiencia en lo insignificante, tamaña inoperancia en lo esencial.
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bocas babeantes 
El ego es una tenia, una sanguijuela, en el mejor de los casos un abrazo de muérdago. No des de comer a ninguna de esas bocas babeantes.
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pura subjetividad neoliberal
«-Que no se diga que no lo hemos intentado. -Ah, pero es que no lo has intentado lo suficiente...» Es el siniestro voluntario contemporáneo, la extenuante ideología del «si te lo propones de verdad, no hay nada que no puedas lograr».
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los engaños del determinismo retrospectivo 
Henri Bergson prevenía contra «los engaños del determinismo retrospectivo». A toro pasado, todos dicen que pasó lo que tenía que pasar -aunque nadie fue capaz de preverlo...
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allende los negocios
Te dicen que vivir es encontrar tu «modelo de negocio»... Pero la vida es, casi exactamente, lo que comienza más allá de los negocios. 
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lifestyles
Se nos habla de estilos de vida alternativos -¡para no tener que hablar de modos de producción alternativos!
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¿quien dirá la verdad a la gente? 
¿Y cuándo nos atreveremos a decirnos la verdad a nosotros mismos?

MANUAL DE REMEDIOS LITERARIOS, Ella Berthoud & Susan Elderkin

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ELLA BERTHOUD & SUSAN ELDERKIN, Manual de remedios literarios, Siruela, Madrid, 2017, 430 páginas.
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En la Introducción (pp. 11-12) las autoras señalan que este libro subtitulado Cómo curarnos con libros «contiene bálsamos beckettianos, torniquetes tolstianos, los calmantes de Calvino y las purgas de Proust y Perec». El lector puede frecuentar este libro como un vademecum en el que encontrará tratamiento para cada «dolencia».
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ADOLESCENCIA

J. D. SALINGER, El guardián entre el centeno
LORRIE MOORE, El hospital de ranas
DENTON WELCH, En la juventud está el placer

   Tienes las hormonas revolucionadas. Te está saliendo pelo en partes del cuerpo donde antes no había nada. Te está cambiando la voz y se te está marcando la nuez. Tienes acné. Te están creciendo los pechos. Y el corazón —y las entrañas— se te encienden a la mínima provocación.
   Lo primero, deja de pensar que eres la única persona a la que le pasa todo eso. Sea lo que sea lo que estés atravesando, Holden Caulfield ya lo pasó antes que tú. Si todo te parece «asqueroso»; si pasas de hablar del tema; si a tus padres les darían «dos ataques por cabeza» si supieran lo que estás haciendo en este momento; si alguna vez te han expulsado del colegio; si crees que todos los adultos son unos falsos; si bebes/fumas/intentas ligar con gente mucho mayor que tú; si tus supuestos amigos siempre te están dando de lado; si tus profesores te dicen que te estás fallando a ti mismo; si te proteges del mundo con tu aire arrogante, tus tacos, tu aparente indiferencia hacia lo que te pueda ocurrir en el futuro; si la única persona que te entiende es tu hermana de diez años, Phoebe...: si te pasan una o más de estas cosas, El guardián entre el centeno te ayudará a sobrellevarlas.
   La adolescencia no tiene cura, pero hay formas de llevarla de la mejor mañera posible. El hospital de ranas, de Lorrie Moore, relata muchos de los horrores habituales de la adolescencia. La narradora, Berie, se desarrolla muy tarde y disimula su vergüenza riéndose de sus «huevos fritos» y «latas aplastadas por un coche» además de desternillarse de risa con su mejor amiga recordando el día que Sils intentó afeitarse las espinillas con una cuchilla. De hecho, reírse es algo que Berie y Sils hacen muchísimo juntas, y lo hacen «con violencia, con convulsiones», sin emitir sonido alguno. También cantan juntas; lo que sea, desde villancicos hasta música de la tele, pasando por canciones de Dionne Warwick. Y aplaudimos que lo hagan. Porque si no cantas a voz en grito y desafinando con tus amigos a los catorce o quince años, dejando que la música prepare tu corazón para «algo torrencial e importante», ¿cuándo vas a hacerlo?
   Un adolescente que no hace amigos y que sin embargo tiene una vida enormemente intensa es Orvil Pyni en En la juventud está el placer, de Dentón Welch. Esta novela de 1945, escrita con un hermoso detallismo, se desarrolla a lo largo de un lánguido verano con cl telón de fondo de un hotel de la campiña inglesa en el que Orvil, en un estado de confusión pubescente, está pasando las vacaciones con su padre y sus hermanos. Distante y solitario, Orvil observa los defectos de los demás a través de una lente despiadada. Sale a explorar la roña, prueba el vino de la comunión en una iglesia desierta con sentimientos de culpa y después se cae de la bici y llora con amargura «por todas las torturas y atrocidades del mundo». Toma prestada una barca y va remando por un río, donde alcanza a ver a dos chicos cuyos cuerpos brillan «como la seda» a la luz del atardecer. Se siente atraído por nuevos mundos, que casi puede tocar pero que están fuera de su alcance, y, al borde de una revelación, durante un tiempo se plantea fingir que está loco para no tener que enfrentarse a los horrores que le esperan al volver al colegio. Poco a poco se da cuenta de que no puede saltarse los siguientes diez años y de que tendrá que sobrevivir a esta etapa de confusión y comportarse «según la manera acostumbrada», sonriendo y ocultando sus impulsos más desenfrenados para respetar la jerarquía establecida por sus hermanos.
   La adolescencia no tiene por qué ser un infierno. Recuerda que la gente de tu edad está pasando por las mismas dificultades y, si es posible, comparte el trance con ellos. Con amigos o sin ellos, asegúrate de hacer las tonterías y las locuras que solo se hacen en la adolescencia. Más adelante, cuando seas adulto, al menos podrás recordar esos años de excesos, espinillas y experiencias y echarte a reír.


LAS DIEZ MEJORES NOVELAS PARA ADOLESCENTES

SHERMAN ALEXIE, El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial
TRUMAN CAPOTE, Otras voces, otros ámbitos
ORSON SCOTT CARD, El juego de Ender
STEPHEN CHBOSKY, Las ventajas de ser un marginado
ALAIN-FOURNIER, El gran Meaulnes
JOHN GREEN, Buscando a Alaska
MURIEL SPARK, La plenitud de la señorita Brodie  
ALICE WALKER, El color púrpura
EDMUND WHITE, La historia particular de un muchacho
MARKUS ZUSAK, La ladrona de libros

ARTILUGIOS, Javier Sánchez Menéndez

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JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ, Artilugios, Takara, Jerez de la Frontera, 2017, 86 páginas.

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La poesía es una inocente tristeza que nace del delirio.
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El comienzo del hombre es el inicio de su muerte.
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Hay un momento en la vida en el que uno comienza a recoger los frutos. Pero cuando los saborea, descubre que están podridos.
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La poesía es la sangre de aquel pájaro herido que se aferra a la rama.
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Acabamos perdiendo todo lo que tenemos, pero nunca perdemos lo que hemos regalado.
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Sin humildad la poesía pasa a ser espanto.
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Quien sigue pensando en la salvación acaba sumido en la incapacidad.
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Hay hijos de puta que no se acaban nunca.
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Siempre es tarde porque nunca es hoy.

AFORISMOS, Edmundo O'Gorman

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EDMUNDO O'GORMAN, Aforismos, UNAM, México D.F., 1992, 98 páginas.

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La gran función social de las novelas de amor es hacernos olvidar lo que es el amor.
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Las ideas mueren cuando se convierten en creencias; las creencias, cuando se convierten en ideas.
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El reto del historiador es hacer inteligibles con la imaginación las zonas irracionales del pasado.
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La perfecta vejez: la cabeza complicada y los gustos sencillos.
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El escepticismo es la más alta prueba de la confianza en sí mismo.
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Cuando un intelectual o artista deja de inspirar desconfianza ha traicionado su misión.

LA TENTACIÓN DE EXISTIR, E. M. Cioran

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E. M. CIORAN, La tentación de existir, Taurus, Barcelona, 2000, 208 páginas.
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El volumen, traducido por Fernando Savater, se compone de once capítulos; el penúltimo, que lleva por título Furores y resignaciones, lo integran breves reflexiones.
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CONTAGIO DE LA TRAGEDIA

   No es piedad, es envidia lo que nos inspira el héroe trágico, suertudo, cuyos sufrimientos devoramos, como si fuesen nuestros de derecho y él nos los hubiese sustraído. ¿Por qué no intentar volver a cogérselos? De cualquier forma, estaban destinados a nosotros... Para asegurarnos mejor, los declaramos nuestros, los engrandecemos y les damos proporciones desmesuradas; él, por mucho que se agite o gima ante nosotros, no conseguirá conmovernos, pues no somos sus espectadores, sino sus competidores, sus rivales en el patio de butacas, capaces de soportar sus desdichas mejor que él: tomándolas por nuestra cuenta, las exageramos más allá de sus posibilidades en escena. Provistos de su suerte y corriendo hacia la derrota más rápidamente que él, le dedicamos todo lo más una sonrisa superior, mientras que nos reservamos para nosotros solos, los méritos de la falta o del asesinato, del remordimiento o de la expiación. ¡Qué poca cosa es a nuestro lado y cuán vulgar nos parece su agonía! ¿Acaso no estamos cargados con todos sus dolores, no representamos la víctima que él quería encarnar sin lograrlo? Pero, ¡oh, irrisión!, finalmente ¡es él quien muere!

EN LA MIRADA ESTÁ LA RESPUESTA, Esteban Reynaud

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ESTEBAN REYNAUD, En la mirada está la respuesta, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca, 2007.

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PASOS PARA LA COMUNICACIÓN

1º: El perro aprendió un perfecto español.
2º: Comenzó por pronunciar palabras conocidas sólo por especialistas en la lengua.
3º: Sistematizó sintagmas en sinécdoques que ni los más avezados lingüistas lograron con su semiología descifrar.
4º: Enfadado por la lentitud humana, volvió a ladrar.

¿HAY VIDA EN LA TIERRA?, Juan Villoro

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JUAN VILLORO, ¿Hay vida en la Tierra?, Anagrama, Barcelona, 2014, 376 páginas.

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UNA LLAMADA PARA MARIBEL

   Desde que los teléfonos dejaron de ser negros, la vida de Maribel se volvió un desastre. Qué confiables eran los antiguos aparatos, de honesta estridencia y peso granítico. Entonces sólo las divas de Hollywood usaban teléfonos blancos, con un cable de veinte metros, no para platicar mientras recorrían su mansión (aquellas diosas no salían de su cama redonda) sino para enrollarlo morosamente entre los dedos.
   Maribel tiene amigos que oyen su voz en la grabadora. No contestan, pero están ahí, entregados al vicio de filtrar llamadas. Su aparato es una baratija extraliviana, color jamón de Virginia, muy a tono con su perpetua crisis de telecomunicaciones. Hace unos días despertó con la noticia de que México tenía un satélite averiado. El Solidaridad 1 orbitaba la Tierra, en el silencio del espacio exterior, incapaz de transmitir señales a las computadoras y las terminales telefónicas. «Sólo faltaba eso, que me perjudicara un satélite.» Pensó en los recados urgentes que aguardaba. No dio con ninguno y esto confirmó sus preocupaciones: las sorpresas no se anuncian. ¿Funcionaría su bíper? Hizo diez llamadas al respecto y diez voces perfectamente adiestradas en la indiferencia le dijeron que no se preocupara. «¿Le falta algún mensaje?», preguntó la última secretaria con cierta sorna, como si la considerara una vil solitaria. «No», dijo Maribel, y se sintió una tonta y volvió a fumar. ¿Cómo quejarse de las frases que se ignoran y sin embargo deberían estar ahí?
   Su bíper le comunicó una cita de limpieza facial, un escueto reproche de su madre y una narcótica junta de trabajo. Tal vez lo mejor se había perdido por culpa del Solidaridad 1.
   ¡Cuántas palabras sueltas en el cielo! Seguramente los satélites mexicanos funcionaban como el resto del país; imaginó celdas fotoeléctricas atadas por esos alambritos forrados de plástico que cierran las bolsas de pan. Sólo faltaba que aquella cápsula de las llamadas pendientes explotara en la estratósfera y cayera sobre la Colonia Villa de Cortés en una lluvia de metales fundidos.
   Al día siguiente supo que los teléfonos celulares iniciaban el programa «el que llama paga». ¿Serían capaces sus amigos, de por sí faltos de iniciativa, de valorarla en más de dos pesos el minuto?
   Obviamente, hubiera llevado una vida más tranquila sin las plurales expectativas del correo electrónico, el teléfono inalámbrico, el celular y el bíper. Pero si así se sentía aislada, ¿qué sería de ella en un mundo donde muy de tanto en tanto escuchara el silbato del cartero y acaso una vez en la vida las batientes alas de una paloma mensajera?
   Hay que aceptar los hechos: hasta las monjas de clausura usan celular. Maribel tuvo el mal tino de divorciarse durante la guerra santa de Telmex, AT&T y Avantel. En una etapa en la que nadie se acordaba de ella tan seguido como merecía, las únicas personas verdaderamente ansiosas de llegar a sus oídos eran los propagandistas de las compañías en discordia:
   —¿Está usted satisfecha con su servicio telefónico?
   —No: detesto la calidad de las personas que me hablan. ¿No pueden reparar a la gente al otro lado de la línea?
   En una de esas revistas que cada abril reinventan la vinagreta o la ubicación del punto G, Maribel leyó que una persona que recibe de veinte a treinta llamadas al día califica como «sociable». Para mantener una buena balanza entre el interés y el afecto, la revista recomendaba que sesenta y cinco por ciento de las llamadas fueran de trabajo y treinta y cinco por ciento personales. Ella hizo su estadística y no quedó tan mal: veintiocho llamadas en un día, que redujo a veintiséis cuando una amiga le habló horrores del fraude electoral en Guerrero (se sintió culpable de su lista y eliminó al hombre que preguntó si ahí era Don Queso y a la mujer que produjo un jadeo inclasificable). Maribel era «sociable» pero sus protocolos telefónicos dejaban mucho que desear: David la decepcionó por sus llamadas de aeropuerto (le encantaría estar con ella, ¡lástima que ya tenía pase de abordar!); Pedro la estafó con una llamada desde la cárcel (le pareció un detallazo que él la escogiera para su único mensaje legal hasta que ella tuvo que pagarle el abogado); tronó con Manfred cuando compró un aparato que le permitía tener llamadas en lista de espera («te voy a poner on hold», dijo él en forma imperdonable: ¿existe humillación superior a la de aguardar ante una voz prioritaria?).
   En la noche, una mujer se asoma al cielo sin estrellas de la ciudad y observa un repentino resplandor: el satélite vuelve a funcionar o avisa que caerá a la Tierra. Maribel cierra los ojos, respira hondo y cruza los dedos.

FANTASÍA LUMPEN, Javier Sáez de Ibarra

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JAVIER SÁEZ DE IBARRA, Fantasía lumpen, Páginas de Espuma, Madrid, 2017, 240 páginas.

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Algunos de los veintisiete relatos de esta esperada nueva entrega de Sáez de Ibarra son breves.
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EL ESCRITOR

   En aquella época yo quise ser escritor. Andaba leyendo a todas horas; supe quién era Celan, incluso leí un ensayo sobre él. Incluso leí poemas suyos. Me gustaban las bibliotecas. Pasaba ratos metido en ellas. Y todo lo que me ocurría podía convertirse en parte de un texto. En cierta medida, no me preocupaba mucho lo que me sucediese, porque desde esa perspectiva la suerte no tiene importancia. La posibilidad de que acabase transformada en un libro daba cierta luminosidad y amplitud a mi vida. (No creo que quien no haya amado escribir pueda entenderlo bien). Y en ese espacio de la creación hasta las peores noticias, no sé, el abandono de un amor, un accidente laboral o una muerte, podían tener sentido.
   Todo esto fue en aquella época. Pero las épocas cambian.
  Mónica estaba ya harta de todo y dijo por qué no nos vamos al extranjero. No. Por qué, muchos están saliendo ya, aquí solo se van a quedar las ratas. Mónica tenía mucha gracia. Pues no. Estoy harta, oyes. Eso yo ya lo sabía. Incluso lo había escrito, me jacté para mí mismo. 
   Días o semanas más tarde... no sé y no tiene la menor importancia, pues el texto literario no caduca sino que se prolonga, y en su prolongación le acontecen leves, aunque imparables, metamorfosis, que tienen su valor. No voy a extenderme en esto... Un tiempo después, Mónica volvió a la carga. Con que nos fuéramos. Y yo que no me iba.
   —Allí podrás escribir —argumentó. 
   Me reí en su cara. Repitió la razón. 
  —Allí no voy a hacer nada …—repuse, tomándomelo en serio. 
  —¿Por qué?
  —No puedo escribir de una realidad que no conozco.
  —Si vamos —argüía ella—, será precisamente para conocer algo nuevo. 
  —No me refiero al conocer de las guías de viaje. Conocer para un escritor es muy diferente. 
  —No digas gilipolleces. 
  El lenguaje es la temperatura. Mónica no daba más de sí, evidentemente. 
  Pasó otro tramo. Yo me afanaba por darle algo, para que viera que con mi vocación no jugaba. Estaba ocupado con unos relatos en los que extender retazos de mi vida de entonces. Me resultaban cómicos. Ella salía con nombre cambiado, más amable, más irónica conmigo. Manteníamos discusiones, sobre todo los domingos a la hora, larga, del desayuno, en que surgían intercambios chispeantes. Al menos,así lo pretendía yo (otro debería juzgarlo).
  En uno, a mi queja de que no podría escribir sobre lo que no conocía, ella responde: 
  —No necesitas cono nada, ¿O para qué vale la imaginación? 
  Reprimí una grosería y no la escribí porque no quería darle al cuento un tono desagradable. Yo replico: 
  —Mi imaginación se activa a partir de datos originales de la realidad —la frase era dura, pero creía que le iba bien algo pedante. 
  Entonces ella propone: 
  —Escribe un cuento surrealista. 
  Y yo: 
  —Eso es demasiado fácil. 
  Pero tengo amigos surrealistas y sé que se molestarán conmigo, así que he dejado el cuento ahí.
  Estuve pensando en Celan durante unos días. Había creado un lenguaje exclusivo que no pudiera manipularse, aunque no se comprendiera. La opción me pareció lúcida. El capitalismo ya se había merendado el rock, el pop, el punk, lo no figurativo y hasta la mierda de artista. Y la poesía hacía milenios que servía para confeccionar ribetes a las leyes y sus conferenciantes. A Celan lo habían dejado en paz. Qué se puede construir o vender con hebras de sol. Hay que joderse. Un parque temático dedicado a Bukowski era posible. Tal vez financiado por una marca de cerveza. 
  Si yo pudiera escribir así... tampoco me leería nadie. 
  Mónica se hizo mujer un día y me puso el ultimátum. En aquella época yo quise ser escritor, aunque también quería a Mónica. ¿Y a dónde te apetece ir?, le pregunté con desgana.
  —¡¿Adonde?! 
  Aterrizó un avión y un mundo quedó más atrás. Me sentí un inmigrante. La violencia del golpe fue tal que me sacó tres o cuatro cuentos por knock out allí mismo. ¡Joder!, razoné. Ella me sonrió, me apretó la mano libre; estaba leyendo en mi inspiración.
  Bohumil, como antes Knut y tantos otros desempeñaron muchos trabajos. Fueron su escuela de vida, la raíz de su literatura. Embrutecerse desde la mañana, destilar a la noche la miel de ese barro... 
  Solo que Knut perdió el apetito. Y Bohumil acabó de aviador en un sanatorio y hubieron de recoger sus huesos del pavimento.
  A mí las ganas de mi vocación se me fueron volando de otra manera. 
  Mónica se fue, y este cuento se acabó.

EL HOMBRE QUE IBA A CASA DEL DENTISTA, Enrique Jardiel Poncela

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ENRIQUE JARDIEL PONCELA, El hombre que iba a casa del dentista, Biblioteca Nueva, Madrid, 2017, 160 páginas.

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En Cuentos polvorientos olvidados en un cajón (pp. 9-10) Gallud Jardiel dice de estos inéditos: «Los escritos cortos de Jardiel son muy vanguardistas y en ellos hace gran despliegue de innovaciones literarias en lo referente a planteamiento y construcción, recursos tipográficos, etc.»
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LA CALAVERA
El hombre es un hueso.
(Afirmación mía.)

PREÁMBULO

   ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Tendré el eficiente valor para contar esta historia? ¿Podré ejercer sobre mis nervios un dominio bastante a fin de no caer desvanecido antes de concluir?
   ¡Oh! Cuando vuelvo la vista atrás todo yo me estremezco y el insomnio me hace tiras y mis ojos se abren hasta el desorbiten.
   ¡Dios mío, dame valor y algún dinero! Voy a empezar.

EMPIEZA EL CUENTO

   Hace quince años yo era más joven de lo que soy ahora. Tenía buenas ideas de todas las cosas y gastaba un hermoso peluquín que me había costado cuarenta y seis pesetas y regañar con mi prima Eloísa, a la que no le gustaban los postizos. Andando los años, este peluquín lo perdí en Montecarlo. Se equivocará quien piense que me lo jugué a la ruleta. Lo que me sucedió es —más claramente— que se me extravió yendo en el tranvía de Mónaco, un día de viento.
   Vivíamos —mi prima Eloísa, mi abuela (que era una señora que en su juventud había obtenido el primer premio en un concurso de idiotas con paraguas), mi tía Marta, dos ancianos criados y yo— en una vieja casona, situada en la Montaña. (Cuando los escritores hablamos de la Montaña, el público está en la obligación de darse cuenta de que nos referimos a Santander, un poco hacia la izquierda.)
   Los dos ancianos criados eran mujer y hombre, campesinos, tristes, cabizbajos, humildes y supersticiosos. Ella lloraba con mucha frecuencia y él no había usado botines nunca.
   Mi tía Marta era todo lo joven que le permitía el hecho de haber asistido a los veinte años al nacimiento de Isabel II.
   En cuanto a mi prima Eloísa, no la describo porque me duele un poco la cabeza.
   Los seis vivíamos en la antigua casona igual que sepultados en vida y de noche todos nos reuníamos alrededor del fuego de la chimenea para rezar el rosario y mascar altramuces.

CONTINUA EL CUENTO

   Una de estas noches —aquello y jugar al marro no se me olvidará jamás— el anciano criado entró en el salón de la chimenea con rostro espantado. Venía temblando, hiperestesiado y con las mejillas a medio afeitar. ¿Qué le ocurría?
   Le preguntamos, le apremiamos. Él nos enseñó con un dedo rígido el contiguo pasillo.
   —¡Allí! ¡Allí! —decía el desgraciado Gorgonio Pérez.
   Miré en la dirección indicada y todos vimos perfectamente, en el suelo, destacándose en el fondo oscuro del pasillo, una calavera humana. Las cuencas vacías, de las cuales una aparecía manchada de negro, habrían aterrado a Narváez, y la doble hilera de dientes hacía un gesto parecido al que se ejecuta para silbar La calesera. Todos sabéis cómo se silba La calesera, aunque no asistierais al estreno.
   Mi abuela, mi prima, mi tía y yo lanzamos un grito de terror.
   La primera interrogóme (¡qué bonito es esto de «gome»!) mientras me apretaba su brazo:
   —¿Por qué esa cuenca aparece negra?
   Pero yo no le contesté porque en tal momento me daba igual Cuenca que Guadalajara. Iba a huir precipitadamente por una ventana, cuando mi prima Eloísa comenzó a hacer encaje de bolillos. ¡Estaba loca!

TERMINA EL CUENTO

   La calavera desapareció. ¿Había sido una visión? ¿Había sido un ensueño, uno de esos ensueños, producto de la fremostasia glandulosa tan frecuente en los organismos necopáticos, o había sido un deroma vascular de los que padecen los temperamentos neuroegemónicos cuando las variaciones termométricas se invierten en un sentido verídico? No lo sé. Sin embargo, había desaparecido la calavera que todos viéramos en el pasillo.
   Pero, ¡ay!, la razón no volvió ya a la mente de mi prima Eloísa.
   Alguien lanzó la terrible especie de que mi prima había enloquecido de remordimientos, pues todos recordaban en el pueblo vecino que el hijo del veterinario Salomón Cateto, del que mi prima estaba enamorada hasta el sujetador de corbata sin que él consintiera en corresponder a aquel amor, había muerto misteriosamente dos años antes.
   Un día, Salomón salió al campo, se echó a dormir apoyado en un tronco de encina y se lo encontró muerto, con la cabeza separada del tronco.
   Y más tarde, el sepulturero de la localidad había jurado que la calavera de Salomón no estaba en la sepultura del joven ni había podido encontrarse, aunque se pusieron anuncios en los periódicos.

EPÍLOGO

   Voy con frecuencia a visitar a mi prima.
   ¡Pobre Eloísa! Ahora le ha dado por jugar a las muñecas con una caja de cerillas y les ha hecho vestiditos y sombreritos a todos los fósforos.
   Cuando la visito, rezo, pienso en Dios Nuestro Señor, y suspiro.
   ¡Qué amarga es la vida!
   Odio los gramófonos.

CATEDRALES DEL AGUA, Juan Massana

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JUAN MASSANA, Catedrales del agua, Ollero & Ramos, Madrid, 2003, 46 páginas.

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José Jiménez Lozano en No tocar mariposa ni amapola (pp. 7-9) confiesa: «No sé si hay experiencia más lacerante de la devastación de la hermosura que esta conciencia de niño así desolada». Así, con esa fragilidad, palpita la belleza en los poemas breves de Massana. 
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 TEJADO

 El gato mascullas un ahogo
de plumas ensalivadas. Pájaro
deshuesado. Pájaro de aire.

PISCINAS VACÍAS, Laura Ferrero

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LAURA FERRERO, Piscinas vacías, Alfaguara, Barcelona, 2016, 196 páginas.

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EL RASTRO DE LOS CARACOLES

   No recuerdo muchas cosas de mi infancia, pero sí la lluvia. Salir corriendo por la puerta de atrás y quedarme quieta. Levantar la cabeza hacia el cielo, abrir la boca e intentar tragar gotas de agua. Quería formar parte de la lluvia.
   Estas son algunas de las cosas que recuerdo.
   Pero uno no escoge su propia memoria. Solo es verdadera la primera imagen del recuerdo, a partir de entonces cada vez que volvemos atrás es para deformar esa primera instantánea.
   No podemos estar seguros de que nuestra visión del pasado sea verdadera. De lo que sí tenemos certeza es de que cada vez nos alejamos más de él.
   Platón creía que la vida presente es el recuerdo de la realidad que nuestra alma conoció antes de caer encerrada en el cuerpo. Conocemos recordando, decía, al revés de Borges, para quien el recuerdo consiste en irse alejando de la realidad.
   Qué poco duraderas son esas imágenes de la memoria, y con qué facilidad las sometemos a esa mutación involuntaria que las hace apartarse de lo que eran en un principio. Son fugaces. Como el rastro que dejaban los caracoles sobre las baldosas de gres del patio de casa.
   Nunca he confiado en mi memoria, pero sé que siempre que llovía quería salir a mojarme y cerrar los ojos. Quería pensar que yo también podía ser agua que se deslizaba por los árboles y por las calles, que formaba charcos en las aceras y llenaba los embalses vacíos. Agua que se precipitaba sobre el mar, que empapaba mi pelo y rodaba por mis mejillas.
   Durante muchos años he tenido la creencia de que la lluvia se asemeja a las lágrimas, las mismas que con los años dejan imperceptibles surcos en la expresión, como el agua que erosiona la tierra.
   Los días de lluvia me ponía mis botas de agua de color violeta. Me las compraron dos tallas más grandes para que pudiera aprovecharlas más tiempo. Aún las tengo; el pie no me creció tanto como esperaban. Nadie había contado con mi enfermedad. Ni siquiera yo misma.
   «Te pondrás enferma, ten cuidado», me advertía mi abuela. Pero a mí me gustaba chapotear con las botas puestas. Recuerdo mi mano agarrada a la de mi abuelo. Íbamos a buscar caracoles para que mi abuela los cocinara. Yo solía quedarme unos cuantos y les daba de comer hojas de lechuga. No quería que murieran, al menos no ahogados y hervidos en la cacerola. Prefería matarlos de otra manera.
   Qué animales tan extraños, los caracoles, pensaba. esas antenas que siempre intentaba pellizcar y arrancar.
   No sé de dónde nacía la manía de perturbar la vida de los animales. Supongo que necesitaba comprobar que yo también podía destruir cosas con una pisada, que nidos enteros de hormigas podían ser destrozados de un puntapié. Que podía aplastar un caracol y sentirme fuerte y dueña del destino de un ser pequeño e insignificante.
   Crecí mirando a través de la ventana. Fui una niña enferma, débil, obligada a guardar cama continuamente. Vivía observando cómo las hojas muertas cubrían un jardín que la maleza había copado hacía ya mucho tiempo. Me daban pena todas esas hojas. Al igual que los dientes que iba perdiendo. No sabía qué hacer con las cosas que caían, con aquello que moría.
   No sé dónde quedaron mis dientes de leche o los mechones de pelo que llenaron el suelo del baño cuando decidí que la trenza era demasiado larga. Mi abuela cogió una escoba y lo barrió todo.
   En la vida solo hacemos dos cosas: acumular, y después tirar. Construimos la vida alrededor de cosas que desechamos cuando han cumplido su función.
   Tengo algunas fotos de mamá de cuando era joven. No sé si llegaré a la misma edad que tenía ella cuando murió. Es extraño ser mayor que tu madre muerta.
   Mi madre me dejó con mis abuelos cuando yo era una niña. Murió con treinta y cinco años. Padecía la misma enfermedad que yo.
   La vi muerta, en la caja.
   Aquí y ahora; desde la cama donde escribo, viendo el final de las cosas, empiezo a entender que la vida era solamente intentar trazar un camino, dejar una marca. Por muy pequeña e insignificante que fuera. Como el rastro de los caracoles.

CATÁLOGO DE OBJETOS IMPOSIBLES, Jacques Carelman

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JACQUES CARELMAN, Catálogo de objetos imposibles, Aura Comunicación, Barcelona, 1990, 240 páginas.

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Este libro recoge fotografías y dibujos de los objetos imposibles ideados por el patafísico artista plástico francés. Humor sobre y crítica de la sociedad de consumo.
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El ajedrez es el cuerpo a cuerpo de dos laberintos.
André Breton

AJEDREZ ESFÉRICO CONOCIDO COMO «GLOBAJEDREZ»

   Este nuevo juego constituye un perfeccionamiento del inmemorial juego del ajedrez, pues añade, en efecto, otra dimensión: ¡la tercera! Qué sorpresa y qué interés adicional cuando, por ejemplo, una reina que uno no había visto surge de las antípodas para «comerse» una pieza. No sea como esos famosos ratones japoneses, que no conocen la tercera dimensión, y adopte nuestro tablero. Esfera metálica, pieza imantadas. Artículo muy esmerado y de gran clase que le hará entrar de golpe en el reducidísimo círculo de los «Nuevos jugadores de Ajedrez».

CUENTACUENTOS. ANTOLOGÍA DEL RELATO HISPANOAMERICANO, Judith Morris Campos

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JUDITH MORRIS CAMPOS, Cuentacuentos. Antología del relato hispanoamericano, Teide, Barcelona, 2014, 286 páginas.

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David de las Heras ilustra esta edición escolar que contiene una Guía de lectura y propuestas de trabajo (249-286). En la documentada Introducción (pp 7-38) quedan muy bien explicadas las características de la narrativa del «boom». Entre los microrrelatistas: Monterroso, Britto García, Denevi, Galeano, Valenzuela o Shua.
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 LA ÚLTIMA OVEJA

   Para poder dormirme, cuento ovejitas. Las ocho primeras saltan ordenadamente por encima del cerco. Las dos siguientes se atropellan, dándose topetazos. La número once salta más alto de lo debido y baja planeando. A continuación saltan cinco vacas, dos de ellas voladoras. Las sigue un ciervo y después otro. Detrás de los ciervos viene corriendo un lobo. Por un momento la cuenta vuelve a regularizarse: un ciervo, un lobo, un ciervo, un lobo. Una desgracia: el lobo número treinta y dos me descubre por el olfato. Inicio rápidamente la cuenta regresiva. Cuando llegue a uno, ¿logrará despertarme la última oveja?

Ana María Shua



BREVIARIO PERPLEJO, Juan Kruz Igerabide

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JUAN KRUZ IGERABIDE, Breviario perplejo, Trea, Gijón, 2017, 108 páginas.

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Componen doce secciones este Breviario perplejo en el que el autor deleita al lector con aforismos, greguerías y frecuentes relecturas de sentencias de otros autores.
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Todo es un peligro, sobre todo la seguiridad total.
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Cuando alguien tiembla ante ti, también tiembla tu suelo.
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Un profesor rigurosamente justo es necesariamente perverso.
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Morir será como quedarse a dormir un rato más. Esa eterna pereza.
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En el amor, como en el arte de volar, el aterrizaje es el momento más delicado.
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La boca es una herida que no acaba de cicatrizar.
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Del signo de interrogación se desprende la gota del pensamiento.
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Si una oveja se enamora de un lobo, espera ilusionada ser una excepción.
 




CUENTOS EN MINIATURA, Alexander Solzhenitsyn

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ALEXANDER SOLZHENITSYN, Cuentos en miniatura, Emecé, Buenos Aires, 1968, 180 páginas.

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LA FOGATA Y LAS HORMIGAS

   Tiré al fuego un pequeño tronco podrido, sin haber visto que por dentro estaba densamente poblado por hormigas. El tronco empezó a crepitar. De él salieron en masa las hormigas y empezaron a correr desesperadas. Corrían por arriba y se contraían quemándose en las llamas. Tomé el tronco y lo hice rodar hacia un lado. Entonces muchas de las hormigas que consiguieron salvarse corrían a la arena sobre las agujas de pino. Pero que cosa extraña: no se apartaban de la fogata. Habiendo apenas sobrellevado su horror, ya daban la vuelta, rodaban y..una fuerza irresistible las atraía hacia atrás, a la Patria abandonada. Hubo muchas entre ellas que subieron corriendo por el tronquito en llamas, y agitándose sobre él, perecieron ahí mismo.

AÚN NO ESTÁ DECIDIDO, Marie Luise Kaschnitz

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MARIE LUISE KASCHNITZ, Aún no está decidido, Pre-Textos, Valencia, 2008, 176 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-13) Hans Leopold Havi destaca en estas setenta y cuatro «el lenguaje directo, conciso, desnudo».   
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PAPEL EN BLANCO 

   Desde hace algún tiempo encuentro las hojas que escribí el día anterior, por la mañana, al sentarme a trabajar, en blanco. Aunque pongo mi mayor voluntad en ello, no logro recordar lo que había llevado al papel. Las pocas palabras que han quedado no las puedo descifrar, a menudo empleo mañanas enteras en adivinarlas. y lo que interpreto no tiene sentido. Además también ocurre que precisamente esas disparatadas palabras me conducen a una nueva pista que sigo con celo. Mi nariz de perro olfatea y socava, vuelve a tener algo que puedo sacar a la luz del día. Al atardecer hay dos o tres páginas llenas que releo con alegría. Por la mañana volverá a ser como ayer, todo descolorido y desaparecido, solamente unas cuantas palabras, delgadas como hilos, han quedado, indostánicas, swahili, un idioma soñado, y si yo no supiera aprovecharlo todo, qué mal andaría.

A LA CARTA, María Teresa Morales

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MARÍA TERESA MORALES, A la carta, Sherezade, Santiago de Chile, 2014, 90 páginas.

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LABERINTO

   La joven pareja entró al laberinto. Se amaban hasta la muerte y debian enfrentar esta prueba: entrar y salir juntos del laberinto. Al ingreso se separaron, tomó cada uno su propio rumbo con la esperanza de encontrarse al final. Se adivinaban con las manos en los muros, se sentían cerca y lejos a la vez, se escuchaban respirar uno muy cerca del otro, pero sus cuerpos estaban separados. 
   Así pasó un mes, dos meses, años, hasta que finalmente salieron del laberinto con el cabello canoso y la piel arrugada, pero con el mismo intacto amor de los comienzos. 

REINAS DE LOS MARES, Jane Yolen

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JANE YOLAN, Reinas de los mares, Oniro, Barcelona, 2009, 104 páginas.

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En el artículo 3 del pirata Bartholomew Roberts se leía: cualuiqe marinero que «lleve a bordo a una mujer disfrazadad e hombre será ejecutado». Y a pesar de ello, por este libro ilustrado por Christine Joy Pratt surcan las historias de Las mujeres piratas alrededor del mundo: desde Artemisa (500 a.c.) a Madame Ching (s. XIX).  
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RACHEL WALL

Estados Unidos de América: a fines del siglo XVIII

   Rachel Wall nació en 1760 en Carlisle, Pensilvania, y creció en una próspera granja. Recibió una rígida educación en la que la obligaban a recitar oraciones diarias y escuchar lecturas bíblicas el sabath. Rachel acabó odiando este régi­men tan estricto y al llegar a la adolescencia huyó de casa. Aunque regresó a ella, volvió a fugarse, en esta ocasión con George Wall, un marinero.
   Durante los primeros años de matrimonio Rachel tra­bajó de criada en el barrio de Beacon Hill de Boston y su marido George, de pescador. Pero durante la Revolución americana George sirvió a bordo de un corsario. De pron­to los Wall vieron la piratería como un medio de progre­sar en el mundo.
   Robaron un balandro en Essex y zarparon hacia la isla Appledore, donde tramaron un plan. Consistía en rasgar las velas del barco e izar la señal de soco­rro después de una tormenta es­tival. Rachel se quedaba planta­da en la borda, gritando, hasta que pasaba un barco por el lugar y se detenía para ayudarla. En cuanto los rescatadores subían a bordo, George y la tripulación com­puesta de cinco piratas los asesi­naban.
   De 1781 a 1782 los Wall reu­nieron seis mil dólares en metálico —una enorme suma en aquellos tiempos— e incluso más aún con los cargamentos captura­dos, que vendían en Boston y Portsmouth. En total mataron a veinticuatro hombres. Las autoridades creían que los barcos pirateados se habían hundido durante las tormentas que azotaban la Costa.
   Lo más curioso es que George murió ahogado durante un huracán y Rachel volvió para trabajar de sirvienta en Bea­con Hill. Pero como aquella vida le parecía demasiado tran­quila y muy mal pagada, volvió a las andadas, trepando sigi­losamente a las naves ancladas en el puerto de Boston y robando a los marineros mientras dormían. Pero la capturaron y juzgaron no sólo por los robos sino también por un ase­sinato cometido a bordo. En la cárcel confesó todas las fe­chorías de su vida como pirata. La enviaron al cadalso en Boston Common el 8 de octubre de 1789; fue la última mu­jer a la que ahorcarían.

EL CUBILETE DE DADOS, Max Jacob

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MAX JACOB, El cubilete de dados, Losada, Madrid, 2006, 270 páginas.

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En 1924 la madrileña Editorial América publicó esta traducción de Guillermo de Torre. En el Prólogo del traductor (pp. 13-34) que firma en 1970 subraya el intento de Jacob de «renovar un género tan ambiguo como el poema en prosa»; por ello, señala: «la singularidad de los dados de su cubilete estribe en que los puntos blancos de los cuadriláteros aparecen cambiados; en que lo poético se haga prosaico, sin que lo contrario suceda siempre, y el efecto resulte ambivalente».
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Un incendio es una rosa sobre la cola desplegada de un pavo real.
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El sol está hecho de puntillas.
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Antes del alba un perro ladra y los ángeles comienzan a cuchichear.
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Un lienzo de cielo azul, un poco de humo como un plumón de un cisne: los ángeles que viajan.
***

POEMA DE LA LUNA

Sobre la noche hay tres hongos que son la luna. Con la misma brusquedad con que canta el cuco de un reloj, así cambian de lugar a medianoche todos los meses. En el jardín hay flores raras que son cien hombrecillos acostados, son los reflejos de un espejo. En mi cámara oscura hay una devanadera luminosa que gira, después dos... de los aerostatos fosforescentes, son los reflejos de un espejo. Hay en mi cabeza una abeja que habla.

GREGUERÍAS ONDULADAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Greguerías onduladas, Renacimiento, Sevilla, 2012, 140 páginas.

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Nigel Dennis prologa y reúne una colección de greguerías de temática radiofónica que Ramón Gómez de la Serna escribió para Unión Radio Madrid y que, aparte de su lectura en la radio y  la publicación en la revista Ondas, habían permanecido inéditas hasta esta edición.

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Los cipreses son las antenas del reino vegetal.
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Hay conferenciantes que parecen haber comido polvorones antes de comenzar la emisión.
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Si la metempsicosis fuese verdadera, los radioyentes se convertirían en pájaros y se pondrían a oír con las antenas.
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Cuando tocan el xilofón es como si tocasen la dentadura a las ondas.
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En el futuro se emitirán ondas de buen sueño. Es decir, que estando dormidos recibimos pautas de ilusión, verdaderas guías eléctricas para la videncia nerviosa.
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El piano de las ondas es como un piano submarino, el piano que teclea en una habitación llena de agua.
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Me he asomado muchas veces a la mirilla de las emisoras y confieso que no se ve nada; noche absoluta; camino sin faroles; sombra llena de oídos.
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Los esquemas de los aparatos de construir son como planos para las casas de las ondas y esos muelles lineales que a veces los interrumpen, parecen indicar el sitio de los divanes.
***
Hay mucha música de Radio que viene de la gruta desconocida.

PRISMÁTICOS, Javier Bozalongo

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JAVIER BOZALONGO, Prismáticos, Trea, Gijón, 2017, 58 páginas.


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En la cuarta de las secciones que componen el libro, Gotas de tinta (pp. 45-54) Bozalongo, en su recorrido por el alfabeto, reflexiona, muchas veces hallando ocurrentes greguerías, sobre veintiséis palabras. En las secciones anteriores, todas las secuencias están felizmente precedidas de título. Un pequeño gran libro en el que se desdibujan las fronteras entre el poema breve y el aforismo, con el que el lector podrá aprender a [re]contemplar la vida.
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(ABRACADABRA)

Cuando apagas la luz desaparece el mundo.
Cuando cierras los ojos desapareces tú.
Nunca dejes de asombrarte al abrirlos de nuevo.

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(PATERNIDAD)
 
Lo peor que le puede pasar a un padre es que acaben adoptándolo sus propios hijos.
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(CELOS)

La fidelidad no puede ser nunca una estrategia, sino una consecuencia.
***
(LUZ)

El que apaga la luz es un afortunado porque no siempre vivió a oscuras.
***

N
—no: qué difícil, a veces, pronunciar palabra tan minúscula.

LA VACA, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, La vaca, Alfaguara, Madrid, 1999,  152 páginas.

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Se pasean por estos veinte breves estudios Tomas Moro, Erasmo, Onetti o Tolstoi.
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LOS FANTASMAS DE RULFO

   Juan Rulfo nace, al parecer, en Sayula, estado de Jalisco, al parecer en 1918, y entra en la literatura fantástica por un camino propio y singular. En México no hay hombres-lobo, ni seres reconstruidos en una mesa de operacio­nes, ni vampiros. Pero abundan los fantasmas que se pasean en los cementerios y en las calles de los pueblos perdidos por la miseria, o por la violencia de la Revolución de 1910. Y hay un fantasma que recorre la obra entera de Rulfo en forma de viento, polvo, desolación y tristeza. Si la atmósfera de que hablan los re­tóricos es un elemento fundamental en las na­rraciones fantásticas, las atmósferas creadas por Rulfo son tales que en ocasiones bastan para producir más de un estremecimiento, querá­moslo o no.
   Curiosamente, cuando hice en México una especie de encuesta entre conocedores del género fantástico, varios de ellos opusieron fuer­te resistencia a considerar fantástica esta litera­tura de Rulfo, sustentada en seres no venidos del más allá, sino en pobres almas no desprendidas aún del todo de su condición terrena, tumbas a medio cerrar e insinuaciones de muerte en ca­da página. Tal vez su argumento en contra se basara, una vez más, en que en México las cosas «son así». Y bueno, cada quien tiene los fantas­mas que puede. En cuanto a los de Rulfo, di­fieren ciertamente de los norteamericanos o los europeos en que, en su humildad, no tratan de asustarnos sino tan sólo de que les ayudemos con alguna oración a encontrar el descanso eter­no. Sobra decir que son fantasmas muy pobres, como el campo en que se mueven; muy cató­licos y, sobre todo, resignados de antemano a que no les demos ni siquiera eso. En pocas pa­labras, lo que ocurre con los fantasmas de Rulfo es que son fantasmas de verdad. ¿Significa eso que les neguemos también este último derecho, el derecho de pertenecer al glorioso mundo de la literatura fantástica? Sucede asimismo que ha­ce años se creyó equivocadamente que Rulfo era realista cuando en realidad era fantástico, y nuestra buena crítica estaba convencida de que lo fantástico sólo se hallaba en las vueltas de tuer­ca de Henry James o en los corazones revelado­res de Edgar Allan Poe. Entonces se planteaba también la dicotomía campo-ciudad como el ámbito o los ámbitos posibles de la narrativa mexicana, y en algunos sectores había como la necesidad de escoger tajantemente la ciudad en oposición a los problemas del campo, demasia­do usados ya: la ciudad o nada. Rulfo resistió he­roicamente esa demanda absurda y, para bien, se dedicó a escribir lo suyo.

LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO, Marco Aurelio Chavezmaya

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MARCO AURELIO CHAVEZMAYA, La expulsión del paraíso, Ficticia, México D.F., 2011, 120 páginas.

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AGOSTO

   En febrero las polvaredas nos obligaban a jugar dentro de la casa y en el tapanco. En los aguaceros de mayo la abuela nos obligaba a los nietos a caer de hinojos en la sala, frente a la Virgen de Guadalupe, y nos ponía a rezar para que no cayera la “cola”, que era un cielo negro, cargado de granizo y de truenos y de miedo. Eso sí, terminada la tormenta, corríamos a una barranca cercana a lanzar barquitos de papel.
   De manera que, comparado con los anteriores, agosto era sin duda el mejor periodo del año, no sólo porque eran las vacaciones de la escuela, sino porque la verde y luminosa milpa de la abuela, detrás de la casa, se convertía en la tierra del nunca jamás, la tierra prometida, el país de las maravillas, el mejor escondite para perderse de los padres, el sagrado suelo de los deseos y la ansiedad. 
    Y lo más bello de agosto y de las vacaciones era mi prima Verónica, un caramelo terso y jugoso, de trenzas limpias y unos vestidos ampones y almidonados. Tenía un año menos que yo, y lo más importante de esta circunstancia era que Verónica me obedecía cuando la jalaba de la mano rumbo a la milpa de la abuela. El maíz no había alcanzado su verde madurez, pero su altura era suficiente para ocultarnos tan pronto cruzábamos el umbral del primer surco.
   En la milpa siempre era domingo. Y los rayos del sol no alcanzaban a penetrar nuestro refugio, formado por plantas de maíz y guías de calabaza. En el centro del escondite yo había desyerbado y formado un redondel de tierra fresca y lisa donde Verónica se tendía con las piernas apretadas y las manos cubriéndole el frente del vestido. Mi prima jugaba a negarse y no quería enseñarme la panochita, y yo jugaba a reclamarle y le decía: “Ándale cómo eres, entonces para qué viniste”, pero ella, retozona, decía: “no y no hasta que atrapes un camaleón”, lo que a fin de cuentas me parecía un sacrificio razonable, pues a cambio de arriesgar la palma de la mano sobre las jurásicas espinas del pavoroso animal, recibía de ella la recompensa de subirle el vestidito ampón y luego bajarle sus calzones satinados y repletos de los consabidos olanes para descubrir allí, quieta e inocente, su rajita sonrosada y húmeda que casi me decía: “Ven y bésame los pétalos en flor”.
   Y yo, enternecido, febril, bajaba y la besaba. Un rato más tarde le pedía a Verónica que me tocara el miembro y lo besara. Ella se negaba al principio, jugaba a negarse, pero yo entonces jugaba a obligarla. Verónica simulaba bajar la cabeza a la fuerza. sus mejillas ardían al rozar mis muslos. La quemadura era mutua, correspondida. El camaleón, absorto, no atinaba a correr, y se quedaba quieto, con los ojillos cerrados, en el lindero del surco, bajo la penumbra de agosto.