CUENTOS DE LA CÁBILA, Antonio Pereira

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ANTONIO PEREIRA, Cuentos de la Cábila, Edilesa, León, 2000, 152 páginas.

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Antón Díez es el ilustrador de esta notable colección de relatos sustentada en recuerdos de la infancia del autor.
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ALCALDE DE BARRIO

   A los siete años de mi edad vino la República y en mi casa vi la preocupación porque mi padre era monárquico y, además, alcalde de barrio. Él se quejaba de la indiferencia del ejército y de la Guardia Civil:
   —¡Si el general Cavalcanti hubiera querido!
   Yo estaba encantado de que todo fuera a cambiar, y si era para ver revoluciones, mejor.
   Pero todas las mañanas había que levantarse para ir a la escuela, todos los días lavarse y enseñar que te habías lavado bien las orejas, y lo único que cambiaba eran los símbolos.
   Los sellos de correos los estampillaban sobre la cara del Rey. En la escuela quitaron el retrato de Alfonso XIII y pusieron el de don Niceto Alcalá Zamora. En casa, cuando ya se vio que no nos fusilaban ni nada, se entró en la angustia por los colores de la bandera. Cuando el Cristo y otras fiestas religiosas, se adornaba el balcón con las colgaduras rojo y gualda, y ahora mi madre decidió que no íbamos a entrar por aquel horrible color morado, mejor una colcha bordada, que hasta había señoras de la plaza que ponían un mantón de Manila.
   Pero la tienda era un establecimiento públioc, no cabían alternativas. Los fabricantes de palas (La Basconia, Patricio Echevarría) tenían un consorcio y les ponían a esas herramientas la marca Nacional, con los colores oficiales en el mango. Había existencias antiguas con sólo el rojo y el amarillo, y mi padre tuvo que pasar el trago de ir enmendando con tinta morada la franja que antes fuera legal y ahora se consideraba sediciosa: una pala, otra pala, todas las palas de la marca Nacional.
   Un día volvía yo tan campante del colegio y noté una cosa rara al acercarem a casa, tardé algo en caer, como cuando ves a uno que siempre ha gastado bigote y se lo quita. Sobre el revoque de la fachada, junto a la puerta, estaba la señal que deja una placa cuando lleva allí muchos años y de pronto la arrancan. La placa desaparecida, rectangular, pequeña, decía ALCALDE DE BARRIO.
   Era el símbolo de un cargo gratuito que no daba más que pejigueras, quizá levantarse de noche para dirimir una pelea entre borrachos.
   La placa se la llevaron a un republicano que vivía cerca, en el Portazgo. Entré en la tienda y no vi que mi padre estuviera disgustado, sólo más viejo.

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