AFORISMOS, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Aforismos, Comares-La Veleta, Granada, 2007, 144 páginas.
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Andrés Trapiello selecciona para esta edición 656 aforismos de entre los (alrededor de 4000) que conforman la Ideolojía juanramoniana.
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Lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto.
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Donde quiera que la jente se esté riendo, tened la seguridad de que allí hay algo que llorar.
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Creo en la inspiración, pero me fío poco de ella.
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Biombos y espejos. La vida.
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Ser breve, en arte, es, ante todo, suprema moralidad.
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Mucho, sí; pero a condición de que sea tan bueno como lo poco.
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El andamio no debe ser de roble, pero debe suponer el roble.
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Defectos con tal de que sean de calidad. Y cuando lo son, qué bello.
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Para que el arte no sea nunca "pasado", bastará con tenerlo desnudo.
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Todos tenemos la misma edad, la del mundo.
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Nostaljia es la pena de un recuerdo que no llega a precisarse.

EL MUCHACHO AMARILLO, Rafael Pérez Estrada

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RAFAEL PÉREZ ESTRADA, El muchacho amarillo, Plaza & Janés, Barcelona, 2000, 192 páginas.

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LA BUHARDILLA

   A base de esfuerzo y ahorro habían conseguido un mar en la buhardilla. Sólo los domingos lo visitaban, el resto de los días debían contentarse con oírlo bramar. En ocasiones, una mancha extensa y salina de humedad en el techo del salón delataba la existencia de un secreto compartido por todos los de la casa.
   —Cuando consigamos nuevos ahorros —decían— compraremos gaviotas y peces voladores.
   Y es que trataban a aquel mar casero como si fuera un árbol de Navidad hambriento de sorpresas. Pero nunca pensaron en subirle la maqueta, deslucida, de un transatlántico varado durante décadas en el mostrador de la agencia de viajes de un antiguo huésped:
   —Con los barcos llegan los naufragios —advertían precavidos.
   Sufrían privaciones con tal de mantenerla y palpitante aquella ilusión, pero no se quejaban.
   —Un mar —decían— debe ser parte del destino de los hombres.
   De vez en cuando abrían la puerta de la buhardilla, y lo miraban y también lo olían, cuidando siempre de que las olas no acabaran escaleras abajo. Pero sobre todas las cosas lo soñaban, y cada amanecer se intercambiaban sus sueños nunca repetidos.
   Y sí alguno sufría de insomnio, se dedicaba a hojear catálogos de aves marinas, pensando cuáles de ellas irían mejor en los amaneceres de aquel mar cautivo. El albatros, quedaba eliminado a la primera: Excesivo —aseguraban—para un mar tan pequeño. Y volvían a remirar en los catálogos por si encontraban una especie de colibrí marino.
   Sólo uno de ellos, proclive a las alarmas y a invocar infortunios, les prevenía:
   —Cuidado, mucho cuidado —susurraba— pues de estar tanto tiempo encerrado es fácil que acabe por convertirse en un mar pálido, un mar de escaso azul y mucha ojera.
   Entonces, subían todos, y, ante las aguas contenidas, derramaban unas cucharadas de tinta estilográfica. Y el mar azuleaba agradecido, salpicando con su espuma las paredes tapizadas de la vieja buhardilla.

RETRATOS LITERARIOS, Laura Freixas

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LAURA FREIXAS, Retratos literarios, Espasa, Madrid, 1997, 360 páginas.
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Laura Freixas, como indica el subtítulo de su obra, recoge retratos de 46 Escritores españoles del siglo XX evocados por sus contemporáneos, (de Azorín, los Machado, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, León Felipe, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Rosa Chacel, Rafael Alberti, a Carmen Martín Gaite o Ana María Matute). «El contenido y el tono de muchos de los recuerdos aquí recogidos es el de las tertulias de café: jovial, cómplice, pintoresco».
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Max Aub era un personaje muy singular. Estaba en todo, lo había escrito todo, lo estaba publicando todo, pero, principalmente, lo sabía todo. Había leído mis primeros versos, quién sabe dónde, así como los de cualquier poeta de provincia español que se me ocurriera citar. Y tenía ideas clarísimas, y me atrevería a añadir que sensatas, sobre la jerarquía de valores literarios y, en contraste, sobre el orden de los falsos prestigios. Se sabia injustamente inapreciado en las nóminas de la literatura española, pero yo creo que no le importaba en absoluto. Sólo estaba preocupado por lo que aún no había escrito, por una idea aplazada o por lo que estaba empezando a hacer. Era en eso realmente admirable. Lo traté mucho en sucesivos viajes, y también, ya en el posfranquismo, en los suyos a esta España que tanto le decepcionó, yo creo que a causa de la fatiga de sí mismo. Durante largo tempo fue uno de los eslabones más sólidos que me mantuvieron en contacto con un pasado histórico mayormente imaginario. 

CARLOS BARRAL, Cuando las horas veloces.

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La otra tarde, Max Aub firmaba ejemplares de una obra suya de teatro, No, en Cultart, la librería «in» del momento. Era un hombre bajo, con gabardina, vestido de gris, muy miope, con el pelo blanco y mal cortado, que no miraba a nadie, que tomaba y devolvía los libros sin levantar la cabeza, poniendo en ellos la firma solamente, sin interés por su público. «Max Aub. No», se lee en la primera página de la obra, o sea, autor y título. Él escribió debajo, en el ejemplar de una bella amiga: «Max Aub, quizá...» Ingenioso y cierto. Porque él y todos los otros vuelven gloriosos, pero vuelven tarde. Son los tíos de América de la cultura española. No dijeron su palabra en su momento y ya es tarde para que la digan. El retomo de los brujos nos les trae desembrujados. Les amamos, les esperamos. Pero es difícil, ya, que nos embrujen. 

FRANCISCO UMBRAL, «El retorno de los brujos», Ya, 30 de octubre de 1969.

MÁS ÁRBOLES QUE RAMAS, Jorge Wagensberg

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JORGE WAGENSBERG, Más árboles que ramas. 1116 aforismos para navegar por la realidad, Tusquets, Barcelona, 2012, 256 páginas.
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Ser se es siendo.
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El gozo intelectual es lo más parecido a una experiencia mística que puede disfrutar alguien negado para las experiencias místicas.
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Sólo se puede tener fe en la duda.
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Un aforismo es una conserva de comprensión.
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Si no fuera por la crisis, aún seríamos todos bacterias.
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La simbiosis es un buen negocio; el parasitismo mata.
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Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución.
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Pregunta con garantía de respuesta negativa: ¿duermes?
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Todo el tiempo que el buen mediocre no emplea para intentar sustituir a alguien, lo emplea para evitar que le sustituyan a él.

INVENCIONES, Tommaso Landolfi

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TOMMASO LANDOLFI, Invenciones, Siruela, Madrid, 1991, 414 páginas.
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LA MALETA

   El muchacho fue confiado a un joven tío y, durante un tiempo, mientras se buscaba un alojamiento conveniente, los dos se conformaron con dormir en la misma habitación (de alquiler, y que era la habitación de soltero del tío). Por la mañana salían juntos para dirigirse el uno a la escuela y el otro a la oficina. Se citaban en algún sitio para comer y volvían a separarse, y, finalmente, volvían a encontrarse para la cena y el sueño.
   Cuando se quedaba solo en aquellas largas y gélidas tardes, el muchacho, en primer lugar, hacía sus deberes escolares y luego escribía poesías carduccianas en las que ponían gran cuidado en escindir las preposiciones articuladas y en mostrar una cierta suficiencia hacia algunas reverendas autoridades pero en las que también, a veces, transmitía algo de sus genuinas, inermes melancolías (y entonces la pluma parecía moverse por su propia virtud y la lengua se depuraba mágicamente). Por último, cuando la sombra se espesaba en la habitación y la lámpara empañada no lograba ponerla en fuga del todo, ya no hacía nada más. Miraba inmóvil el rectángulo de cielo cada vez más sombrío, se dejaba invadir por el frío y, con todo y con eso, de vez en cuando su frente ardía y sudaba. Vagaba en un extravío sin límites y, sin embargo, aquel mismo cielo sombrío tenía el poder de hacerle imaginar destinos radiantes, prodigiosas aventuras, misterios nunca resueltos y, por tanto, eternamente provocadores y halagüeños…
   Resumiendo, el muchacho había alcanzado la edad de las ansiedades y de las languideces que, por otra parte, aún no se concentraban ni fijaban en ningún objeto visible. Naturalmente, en sus fantasías y melancolías el lugar de honor estaba reservado a las figuritas femeninas vistas, entrevistas, rozadas en la escuela o por la calle. Pero de ello a una completa clarificación y justificación de sentimientos tan inseguros y hasta desconocidos el paso era largo, por lo que se quedaba turbado e impotente, ávido y desilusionado.
   ¿O tal vez su tío habría debido proporcionarle una clave? Éste era un guapo joven moreno y de pelo rizado, seguro de sí, por lo menos en apariencia. Cuando iban juntos por la calle el muchacho acostumbraba a defenderse de la tramontana caminando detrás de su robusta persona, de cuya física protección se podía solicitar o esperar ayuda en las actuales volcar la plenitud de su ánimo cuanto la búsqueda de sí mismo y del cauce que habría de dar a sus propias y tumultuosas facultades. Búsqueda que, por otra parte —era lícito pensarlo y el muchacho lo pensó—, no podía no resultar favorecida por estas recientes adquisiciones o logros de la consciencia.
   No fue así: la ciencia, o consciencia, se reveló singularmente severa, no sólo para la paz del corazón sino también para la posibilidad misma de reconocerse en alguna criatura o cosa. Y, tal vez, sea efecto inevitable: si una imagen suprema resplandece dentro de nosotros, ¿podríamos resignarnos a una pálida falsificación?
   El muchacho creció, envejeció y su búsqueda no dio fruto. Hasta que debió convencerse de que aquella lejana revelación había al mismo tiempo inaugurado la verdadera y gran melancolía, en la que, perdidos, y en una causa perdida, estamos obligados a hacernos pasar por los demás para atribuirles sentimientos definidos o vivificantes. Que al menos ellos, los homúnculos de la pesadilla, del terror y de la delirante fantasía, obtengan algún beneficio de ello.

INDAGACIÓN DE LA BASE Y DE LA CIMA, René Char

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RENÉ CHAR, Indagación de la base y de la cima, Árdora, Madrid, 1999, 288 páginas.
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Artículos, sentencias, aforismos, poemas en prosa... que dialogan de magnífica forma alrededor de la acción, el pensamiento y el arte. Por su trabajo a la hora de verter desde el francés este volumen, Jorge Riechmann recibió en el año 2000 el Premio Stendhal de traducción.
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TRES RESPIRACIONES

   Existe una primavera inaudita desparramada por las estaciones y hasta bajo las axilas de la muerte. Transformémonos en su calor: llevaremos sus ojos.
   Levanta tierra el sepulturero, pero más levanta la palabra.
   Nunca estaremos lo suficientemente atentos a las actitudes, la crueldad, las convulsiones, las invenciones, las heridas, la belleza, los juegos de ese niño que vive cerca de nosotros con sus tres manos,  y que se llama el presente.

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Lo esencial está amenazado sin cesar por lo insignificante. Ciclo rastrero.
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El amor que traza surcos es preferible a la aventura que humilla, la herida al humor.
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Somos de esos que miran adrede por la puerta del vagón, pues nos gusta ese segundo tan grávido que todavía arde después de que aquello que nos transporta ha desaparecido. Ay, qué precio el de esa carbonilla.

JUEGO DE NIÑOS, Diego Sañudo

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DIEGO SAÑUDO, Juego de niños, La Tinta del Silencio, México, 2016, 22 páginas.

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Jorgito estaba deprimido. Desde que su amigo imaginario se echó novia imaginaria no tenía con quien jugar.