SIRENALIA, Javier Perucho

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JAVIER PERUCHO, Sirenalia, Ciudad de México, Edición de autor, 2017, 56 páginas.

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Cuando el lector haya atravesado el umbral, Inventario. Polvo y ceniza (pp. i-vi), sabrá por qué en este libro bellamente ilustrado por Mario Escoto, palpitan acompasados dos corazones: el de Juan Perucho y el del maestro Arreola.
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MARINA

   Me dijo la última vez, antes de azotar la puerta, Voy por cigarros. Desde entonces no la volví a ver, hasta ahora que me la encontré con un chamaco entre sus brazos. Al pie de una fuente pedía unas monedas a los transeúntes, que la miraban con rencor por la cauda de sirena, le lanzaban unos centavos o la ignoraban en su paso apresurado y torpe por la cola de tela enmugrecida que arrastraba. A distancia prudente la vigilé hasta que dejó de mendigar al anochecer. Seguí sus pasos. Cuando quiso entrar a un edificio abandonado la alcancé, entonces la llamé por su nombre, Marina, pero no quiso reconocerme, la jalé del brazo para que atendiera mis reclamos, le exigí que volviera a casa, le pedí cargar a mi hijo, que cargaba en sus brazos, pero todo fue en vano. Entró y azotó el portón. Vuelvo cada día al atardecer a la fuente. La vigilo detrás de un pilar hasta que deja de limosnear y emprende su camino a casa. 

CUENTOS BREVES, Rafael Barrett

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RAFAEL BARRETT, Cuentos breves (Del natural), Titivillus, 2017. 
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LA PUERTA

   —Sí… ¡márchate! ¡Déjame en paz!
   —Alberto… ¿es posible?
   Al verla tan débil, tan rubia, tan suave, un malvado deseo le hizo repetir: —¿Qué?… ¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!
   La arrojó del gabinete, y cerró la puerta.
   Una satisfacción ácida alegraba sus venas de macho fuerte.
   Había sentido bajo sus dedos, que mordían, doblarse la carne infantil y temblorosa de la mujer, y había mirado aquel cuerpecito estrecho, otras veces palpitante de caricias largas, desvanecerse lánguidamente en la sombra. Y como un eco salvaje oía aún el latigazo de su propia voz: —¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!…
   Pero también comenzó a oír lamentos que subían en su conciencia… ¿A ella, a su Mari, tan dulce, había él tenido valor de castigarla? ¿Y por qué? ¿Por qué, en medio de una disputa cariñosa y abandonada, le había ahogado de repente el ansia feroz de hacerla sufrir, de estrujar el corazoncito adorado? Y una gran extrañeza, una gran claridad, surgió de pronto.
   No, no la amaba ya. Todo había acabado. Todo había muerto.
   Se quedó contemplando la alta puerta inmóvil, y le pareció que no se abriría jamás.
   Detrás de la puerta, apretándose el pecho con las manos moribundas, Mari escuchaba. Era muy de noche. Por las piedras de las calles se arrastraban los pasos de algún mendigo.
   Mari le envidió no tener más que frío y hambre. Ella tenía un horrible frío en el alma. Percibió ruido de papeles, de hojas de libro que se pasan… «Está trabajando…, pensó. «Ahora se levanta, se pasea… viene. Mari no podía respirar. «Se va. No abre. Los pies crueles de Alberto iban y venían, sin pararse, a la puerta, sin querer llegar hasta aquella desesperación muda, llevando la limosna de paz… Y las lágrimas brotaron sin fin, brotaron quemadoras de la fuente invisible, mojando en la obscuridad el rostro tibio, pegado a la puerta inmóvil… Y Mari se dejó caer poco a poco al fondo de su dolor…
   Las horas aprovechaban el negro silencio para huir, empujándose las unas a las otras, y Alberto, borracho de sueño y de tristeza, se decidió a abrir.
   Mari, desplomada en el suelo, se había quedado dormida. Él levantó la hermosa cabeza de oro, empapada en sudor y en llanto, y besó los cálidos ojos entreabiertos.
   A la luz de la lámpara aparecían algunas arrugas junto a la boca atormentada, de donde salía un vago perfume de muerte.
   Entonces el hombre tomó a la niña en brazos y pasaron la puerta para entrar en el amor verdadero, hecho de tinieblas, de angustia y de llamas.

EL TIEMPO DEL OGRO, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, El tiempo del ogro, Simplemente Editores, Santiago de Chile, 2017.
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EL TIEMPO DEL OGRO
A todos aquellos que nos extraviamos en la neblina densa y terrible
del tiempo del ogro, en especial a Remigio y Héctor que permanecerán
en este texto un tiempo más y ojalá –no pierdo la esperanza- para siempre

   Se encontraron a unos escasos metros del fragor de la avenida Irarrázaval a fines de aquel año tan intenso en tristezas y terrores. De ese modo, constituía una inmensa alegría cruzarse con alguien conocido allí, constatar que la vida seguía irradiándolo con su milagro. Remigio le dejó caer sus ojos achinados y pícaros, destilando la felicidad de verlo y Héctor le devolvió la mirada desesperanzada de un muerto en vida. Aquello puso en alerta a Remigio: algo no andaba bien.  Venían caminando en sentido opuesto y por mero instinto aminoraron el paso imperceptiblemente, como si quisieran despistar a un observador invisible.
   A partir de ese momento, todo transcurrió en cámara lenta y comenzó a grabarse de manera indeleble en la memoria de Remigio. Imágenes que iban a acompañarlo durante su vida, a insertarse en sus sueños, regresar súbitamente a su rutina en los momentos felices, como para resquebrajarlos.
   Héctor dio un paso y le ofreció sus grandes y cansados ojos de borrego triste. Estaba exhausto de sufrir: eso le dijeron aquellos ojos a Remigio y no fue necesario que describiera los espantos a los que había sido sometido. Aquella mirada tenía la elocuencia de un relato extenso y vigoroso. Héctor denegó con el rostro varias veces mientras elaboraba un nuevo paso, levantando una pierna que pesaba media tonelada.
   Le cuesta caminar, pensó Remigio, como si transportara el mundo completo sobre sus espaldas. Tan afligido, tan exhausto, tan vencido, eso concluyó Remigio. Sin embargo, aún se da maña para advertirme. Para salvar mi vida. Aquello meditó Remigio mientras daba su propio paso hacia Héctor, uno que acortaba aquella enorme distancia entre ambos, aunque quedaban apenas unos metros para que se cruzaran por última vez.
   Héctor movía los labios y emitía mensajes inaudibles que Remigio tuvo que descifrar o imaginar, combinando ambas habilidades. Aquellos movimientos le revelaron el horror oculto detrás de los parabrisas reflectantes, las ventanas cerradas a machote, los sótanos inaccesibles donde reinaba la noche eterna.
   Ambos dieron sendos pasos para acercarse, aunque la distancia entre ellos se tornara imposible de transitar. Remigio recordó que Héctor había cumplido dieciocho años unos días atrás; se llevaban apenas unos meses. No era una edad para vivir esta clase de cosas –esa idea le vino a la mente- ¿pero qué más podían hacer? Ellos no habían escogido el camino a seguir. Y cada vez que la vida les ofreció una nueva disyuntiva nueva en aquellos tres acelerados años, escogieron en conciencia.
   Sólo les quedaba seguir caminando. Eso lo sabían ambos. Lo tenían perfectamente claro. No había alternativa. Y aspiraron el aire de aquella mañana fresca para inflar sus pulmones con oxígeno y seguir viviendo la clase de vida que les correspondió. De modo que avanzaron; ahora estaban apenas a un par de metros. Podían verse muy bien.
   Héctor no se había afeitado en varios días y las ojeras delataban sus padecimientos. No obstante le sonrió. Era una sonrisa amarga y tierna, cargada de amor, pero sobre todo de coraje. A Remigio el corazón le saltó dentro del pecho: una emoción sorda, ciega y violenta comenzó a nacer en su interior. No podía ser que las cosas fueran así. Era inaceptable: era preciso hacer algo.
   Sin borrar aquella sonrisa de su rostro, Héctor volvió a denegar mientras daba otro paso, uno que los dejó a escasos centímetros. A Remigio le pareció que podía sentir la respiración acezante de su amigo; entonces vinieron las palabras susurradas.
   “Me siguen, me tienen, me usan como cebo. Salen a pasearme, pero van de cacería. Vete del país en cuanto puedas. Mañana mismo”. Eso escuchó Remigio, alelado, con la piel de gallina, mientras daba el paso final, aquel que terminaba ese encuentro fortuito.
   No osó darse vuelta para observar a su amigo alejarse camino de la muerte. No fue capaz, porque una suma de miedos se apoderó de él: que Héctor fuera a correr y lo mataran en ese mismo instante, que de la camioneta de vidrios oscuros que avanzaba a vuelta de rueda se bajaran los agentes para apresarlo, que a él le diera por ponerse a gritar que alguien los salvara, a gritar sus nombres para que se supiera qué había pasado. Pero nada podía cambiar la condena que pesaba sobre Héctor. Y lloró mientras caminaba alejándose de su amigo. Sus lágrimas caían en gruesos chorros mientras se aproximaba a la avenida, los ojos se le iban poniendo muy rojos y el sollozo le convulsionaba el tórax. Por suerte los hombres del furgón de inteligencia no percibieron su estado, ocupados como estaban de no perder de vista a Héctor.
   Remigio caminó y caminó y caminó, hasta que salió del país, huyendo de aquella muerte implacable, hasta que llegó a París y luego a Marsella, donde se estableció y formó una familia. De allí vino de regreso a Chile un día caluroso de febrero, cuando nos contó esta historia terrible una larga noche, mientras esperábamos el auto que iba a llevarlo al aeropuerto de vuelta a Marsella.
   Dijo que no reconocía al país que abandonó hacía tantos años atrás. Le respondimos que nosotros tampoco, aunque viviéramos aquí, mientras bebíamos un vino rojo y espeso. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido jamás y fuéramos los mismos adolescentes plenos de sueños y largas cabelleras desplegadas al viento.
   Un día alguien contó que tras vivir un tiempo solo en París, Remigio se había suicidado, sin dejar explicaciones. Nos quedamos helados. O más bien congelados por el dolor, súbito, intenso, desesperado. Sin embargo, seguimos caminando. Dando pasos, adonde sea. No sé si huyendo o avanzando. Quisiera creer que alejándome del sufrimiento o de la fatalidad o de la muerte. También quisiera creer que acercándome a ellos: a Héctor y Remigio. Pero no lo sé. Sólo seguimos, sigo, caminando.

DISPARATES, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Disparates, Calpe, Madrid, 1921, 184 páginas.

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En Teoría del disparate (pp. 5-13) dice Ramón: «El disparate es la cosa más difícil, más lenta, más desesperada, y en esa temporada en que he estado alcanzando disparates me han nacido alguna noche hasta veinte y treinta canas, cuando yo no tenía ninguna».
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EL PRESTIDIGITADOR

   El prestidigitador es de los pocos hombres que no se han afeitado. Le va muy bien con su gran barba, y eso le da un gran prestigio. Así, todas las cosas, que de otro modo resultarían graciosas, resultan muy serias.
   El prestidigitador, el hombre del paraguas bastón y mil cosas más, no viaja mas que con sombrero de copa. Ni maleta, ni baúl, ni nada.
   Cuando el prestidigitador necesita algo se quita el sombrero de copa y saca de él lo que sea.
   El prestidigitador, con un gran disimulo, se quita el sombrero de copa, lo coloca sobre las piernas y va sacando los elementos de aseo para el viaje, la manta con que se arropa, la gorra para el camino, las zapatillas del hombre cómodo, el vaso, la cafetera con café, la merienda, las naranjas del postre y, por fin, los palillos de los dientes.

LAS CHICAS SON GUERRERAS, Irene Cívico & Sergio Parra

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IRENE CÍVICO & SERGIO PARRA, Las chicas son guerreras, Montena, Barcelona, 2016, 242 páginas.

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«Para las chicas guerreas, el único límite es el cielo». Irene Cívico y Sergio Parra escriben y Nuria Aparicio ilustra estas semblanzas de 26 mujeres modelo también para hombres.
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NANCY WAKE
Fecha de nacimiento
30 de agosto de 1912 (Wellington, Nueva Zelanda)
Su mayor logro
Ser la pieza más va1iosa de la Resistencia para acabar con el régimen nazi.
Su lema
«La libertad es lo único por lo que vale la pena vivir porque, sin libertad, la vida no tiene sentido.»
Cópiale
No importa el peligro si la causa es justa.

   No es de extrañar que Nancy Wake haya pasado a la historia corno la persona más temida por los nazis, ya que desde muy jovencita Nancy se caracterizó por ser valiente, decidida y no tener miedo a nada. Con tan solo 16 años se fugó de casa y viajó hasta Nueva York, donde se convirtió en periodista de forma autodidacta porque ¿qué mejor que vivir las noticias en primera persona? Su trabajo la llevó hasta París, donde ejerció como corresponsal de la Hearst Corporation, que todavía hoy es una de las corporaciones de periodismo más importantes. Su trabajo en Hearst fue lo que le permitió entrevistar a Hitler en 1933 y lo que vio la horrorizó tanto que se prometió a sí misma que haría lo que estuviera en sus manos para detener esa locura. Y vaya silo hizo.
  Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y el ejército nazi alemán empezó a invadir Francia, Nancy y Henri, el millonario francés con el que se había casado, en lugar de huir como hacían todos los que tenían dinero para hacerlo, decidieron quedarse y unirse a la Resistencia para contener a los nazis.
  Como nadie sospechaba de la esposa bonica de un señor ricachón, Nancy se convirtió en la mensajera oficial de la Resistencia, llevando mensajes y comida de contrabando a los grupos resistentes del sur de Francia. Ayudada por una vieja ambulancia, disfrazada de enfermera, empezó a trasladar a gente a escondidas hasta España. Enseguida destacó frente a los demás miembros de la Resistencia por su extraordinaria capacidad para evitar ser atrapada: siempre que los nazis creían haberla localizado, ella ya se había esfumado. Para ellos era desesperante; para la Resistencia, su mayor activo.
  Era tan escurridiza y lista que los nazis empezaron a llamarla el «Ratón Blanco» y pronto se convirtió en uno de sus objetivos prioritarios. De hecho, los nazis estaban tan cabreados por que Nancy se les escapara siempre de las manos, que pusieron precio a su cabeza. Ofrecían 5 millones de francos a cualquiera que la atrapara, una cifra enorme que la convirtió en la persona más buscada de la Segunda Guerra Mundial.
  Era tan buena haciendo su trabajo que incluso cuando la detuvieron fue por error: Nancy fue detenida al ser confundida con otra chica de la Resistencia que había hecho explotar una bomba. A pesar de que la torturaron durante 4 días, Nancy jamás soltó información a los nazis y, como si de una película se tratara, un compañero consiguió liberarla diciendo que esa chica no era más que su amante. Es inexplicable cómo pudo colar esa trola; quizá su carisma y naturalidad al enfrentarse a situaciones complicadas surtieron el efecto deseado, y como ella solía decir: «Basta con un poco de maquillaje y una copa en la mano». Sus compañeros de batallas decían que era la chica más femenina del mundo, pero que en cuanto empezaba la batalla, Nancy era más dura que 5 marineros juntos.
  Su coraje era tan rotundo que, tras unirse a la Dirección de Operaciones Especiales en Inglaterra, la lanzaron en paracaídas sobre Francia para que actuara como persona de contacto entre Londres y los maquis en Francia. Se dedicó a mover armamento, sabotear las comunicaciones nazis y reclutar nuevos miembros para los grupos de maquis de la Resistencia (¡se las ingenió para montar un despliegue paramilitar de 7.500 personas! (¡Todo un ejército!). En una ocasión, llegó a recorrer 500 kilómetros en bicicleta durante 71 horas, ¡sin parar! cruzando varios puntos de control alemanes sin ser descubierta, para entregar unos códigos secretos a los aliados. De todas las hazañas increíbles que Nancy protagonizó durante la guerra, ella siempre pensó que ese maratón en bici que se pegó fue su aportación más valiosa a la causa.
  Pero no fue esa su aportación más valiosa, sino la cantidad de vidas que llegó a salvar. Desde abril de 1944 hasta la liberación total de Francia, sus hombres se enfrentaron a los alemanes en una lucha sin cuartel en la que murieron más de 1.400 nazis, mientras que Nancy solo perdió a 100 hombres. Ella misma mató a más de uno con sus propias manos, porque Nancy no tenía miedo a la muerte. Estaba demasiado ocupada salvando el mundo. 
  Por supuesto, nuestro ratón blanco sobrevivió a la guerra y se convirtió en la mujer más condecorada de la Segunda Guerra Mundial. Pero a Nancy no le podían importar menos los reconocimientos, así que se vendió todas las medallas y pasó los últimos años de su vida viviendo del dinero que le habían dado por ellas. Cuando le preguntaron por qué se había vendido esos reconocimientos tan importantes, Nancy les dijo que mejor sacar algo de las medallas en vida, porque, como de todos modos iba a ir al infierno, allí se hubiesen fundido con el calor.

CASA DEL SILENCIO, René Avilés Fabila

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RENÉ AVILÉS FABILA, Casa del silencio, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, 449 páginas.

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Ignacio Trejo Fuentes apunta en la Nota introductoria: «El material que el lector está a punto de disfrutar —de eso no hay duda— es apenas una muestra de ese mundo alucinante que es la narrativa de René Avilés Fabila». Entre tantas páginas el maestro cedió espacio también al microrrelato.
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BORGES Y YO

   En 1971 llegué a Buenos Aires. Entre los proyectos que me llevaban a esa magnífica ciudad estaba el de conocer personalmente a Jorge Luis Borges. Lo solicité y en uno o dos días me encontraba en la Biblioteca Nacional, situada en la calle México. Hasta ahí me había acompañado el poeta surrealista Aldo Pellegrini.
   Jorge Luis Borges estaba en un amplio salón. De inmediato, y ya conociendo mi nacionalidad, me recibió con una inusitada catarata de elogios:
   —Mexicano, junto a ustedes, los argentinos somos rústicos, aldeanos, primitivos, toscos, burdos, rudos… Su fineza y cultura…
   Francamente desconcertado y sin olvidar que en términos generales los argentinos de aquellas épocas mal sabían del resto de la América Latina, lo interrumpí:
   —Perdone, Borges, ¿a cuántos mexicanos ha conocido usted?
   —Sólo a Reyes, mi maestro.

LA TAREA DEL ARTISTA, Karl Kraus

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KARL KRAUS, La tarea del artista, Casimiro, Madrid, 2011, 64 páginas.

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En el Prólogo (pp. 7-15) Miguel Catalán recoge estas afirmaciones de George Steiner: «El mundo de Kraus es un mundo enloquecido por una palabrería hueca, pero virtualmente contagiosa. Ningún billete de un trillón de marcos, como los de la inflación en la era de Weimar, representa una devaluación de las necesidades y esperanzas humanas tan macabra como la devaluación de la palabra». 
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El talento es un joven a quien se acaba de despertar. La personalidad, por el contrario, duerme durante largo tiempo, despierta por sí misma y a partir de ese instante se desarrolla mejor.
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La capacidad receptiva de los hombres productivos es muy pequeña. El poeta que lee se vuelve sospechoso.
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Vi a un poeta dar alcance a una mariposa en el prado. Puso su cazamariposas en un banco donde leía un niño. Es una pena que este hecho suela producirse más bien al revés.
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Cuando un artista hace concesiones, no obtiene más que el viajero que en tierra extranjera intenta hacerse comprender chapurreando su propio idioma.
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La relación personal con los poetas no siempre es deseable. En especial me disgustan los sonámbulos que siempre se desploman por su lado bueno.
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El lenguaje es la madres, no la servidora del pensamiento.
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En el principio no había plagio.