EL RAYO INMINENTE, Glen Baxter

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GLEN BAXTER, El rayo inminente, Anagrama, Barcelona, 1985, 96 páginas.

 BIG TED  ERA SIN DUDA UN SASTRE MUY MAÑOSO

LEVE PRESENCIA, Matsuo Bashō

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MATSUO BASHŌ, Leve presencia, Satori, Gijón, 2017, 160 páginas.
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Cuatro años después de la publicación de Por sendas de montaña, la editorial Satori repite con una antología del gran maestro del haiku Matsuo Bashō: 70 poemas en traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo en los que la contemplación de la naturaleza no desafina al entretejerse con una mirada más personal e íntima.
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 chichi haha no shikiri ni koishi kiji no koe


Añoro a padre y madre
muy dentro, cuando escucho
el canto del faisán.

UNA HABITACIÓN EN EUROPA (DIARIOS 2010-2012), Avelino Fierro

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AVELINO FIERRO, Una habitación en Europa (Diarios 2010-2012), Eolas Ediciones, León, 2014, 248 páginas.
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Siete cuadernos de diarios que contienen una mirada certera sobre lo real; apuntes con los que el lector aprenderá a ver el símbolo en lo cotidiano.
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   Escribo en el hospital con bolígrafo prestado por una enfermera, mientras espero en la consulta de digestivo. La han cambiado de planta; todo está lleno de obras, me ha costado llegar hasta aquí. Me he perdido varias veces. Me he sentido como chalupa a la deriva, he barloventeado por los pasillos inmensos y la derrota me ha llevado a neonatos, oncología, espirometrías, geriatría... He visto a enfermos en sus camas húmedas, he sentido en el enrarecido aire antibiótico el eco de llantos apagados, la inutilidad de las plegarías amarillas, el hedor de los condenados a muerte... Me he cruzado con pacientes impacientes, desesperados en su despiste como yo, aturdidos como giróvagos; en un ascensor me he visto sofocado, solo con cinco enfermeras guapísimas del servicio de urología..., tendría que haberme desmayado allí mismo. Soy partidario del copago, pero tendría que haber unas indemnizaciones tasadas para estos agobios y retrasos que padecen incluso los que saben orientarse como yo, cual indio rastreador de las praderas: una sonrisa amable, un pin del sacyl...
   Al final, haciendo recuento de lo visto, ganan las dársenas de desguace a las playas doradas de la infancia; puede que sea premonitorio, como esta especie de pústula que cae ahora desde mi cabeza sobre el azul del pantalón mientras escribo, como si me estuviera desmoronando...

EL TESORO DE PUNTA HERMINIA Y OTROS TEXTOS SUMERGIDOS, Urbano Lugrís

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URBANO LUGRÍS, El tesoro de Punta Herminia y otros textos sumergidos, Alvarellos, A Coruña, 2017, 108 páginas.

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Olivia Rodríguez González subraya en Vuelve la literatura de Urbano Lugrís (pp. 7-18) la importante recuperación de estos textos del la importante recuperación de estos textos del pintor gallego.
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LOS CELTAS DE AYER (1950)

   Es en las horas de la tarde, cuando el restollo aldeano adensa el aire vespertino, y la torcaz inicia su tensón amorosa, que las viejas piedras de los viejos pazos expresan mejor su melancolía de rotas y lejanas hermosuras.
   El liquen de oro, y la vid silvestre, ciñen y decoran los sillares mordidos del tiempo, con las amargas adelfas amadas del romántico, y la zarzamora, con sustos de pájaros escondidos. Completan la nostálgica teoría floral los hinojos, con sus umbelas, quitasol de cigarras y cochinillas, los gráciles dientes de león, graciosos aeronautas del estío, mensajeros del campo en la ciudad, y las ortigas, jaramagos y centenos silvestres que adoraba Francis Jammes.
   Sobre el informe patín, donde sestea la lagartija, siempre ojo avizor, las armas de la casa muestran sus nobles atributos, limados por largos soles, lluvias y ventanías; tristes y bellas cicatrices que musgos y líquenes piadosamente amortajan y acarician.
   En las desiertas estancias murmura el viento su queja desolada, sus ancestrales suspiros sin descanso. Parece que llora —y en verdad lo hace— los nobles tiempos antergos desaparecidos, cuando del ámbito señoril de estas casas y torres derrumbadas, brotaba, como un agua fresca y sonora, la linfa purísima de la mejor cortesía.
   Pero no todo, afortunadamente, son ruinas evocadoras; no todo es soledad y abandono en los pazos gallegos. Muchos —quizá los más hermosos y representativos—, perduran todavía en medio de tantos azares y contratiempos, y conmovedoras supervivencias de un tiempo añorado y feliz, nos tocan alegremente el corazón cuando los percibimos, indiferentes al siglo y a los hombres, entre la fronda barroca de sus bosques y jardines. Comprendemos entonces que allí habita el buen gusto, y que son sus señores de aquellos verdaderos que en justicia merecen las ejecutorias que celan sus archivos.
   ¡Y qué nombres los de nuestros pazos! Trasariz, Pedrosa, Aguiar, Masid, Boán, Anzobre, Villoria, Des, Fefíñanes, Rioboo, Gondomar, Láncara, Ribadulla, Oca, Don Freán... Como una música lejana, mágica música inzada de vagorosas evocaciones, de no sabemos qué dolientes y, a la par, gozosas remembranzas, sus levantados nombres sonoros despiertan en nosotros, en la propia raíz del alma, la saudade del tiempo muerto; y un aroma de manzanas reinetas nos incensa de melancolía.
   Y eran los del otoño, los días gloriosos del pazo. Cuando es la vendimia, y montes y fragas y robledas se alegran con el paso festivo de los cazadores. Hirviente aún el mosto en los lagares, ya los vendimiadores, atezados de sol y de vino nuevo, cantaban y danzaban su pagana alegría en el patín señorial, entre jarra y jarra de oloroso Amela o Espadeiro, buenos amigos de la gaita grileira y de los incipientes idilios campesinos; en tanto los señores, desde la solana fresca y profunda, coronada de pámpanos seculares, asistían con cortesana aquiescencia a los divertimientos dionisíacos de la gente foral.
   ¡Cocina del pazo! Y no creáis que también, también su memoria nos punza y lastima, pues aquella gloriosa teoría de fórmulas hoy desdichadamente olvidadas, nos dice a su vez del buen vivir de antaño, y de los eufóricos, formidables estaribeles en que ollas, cazuelas, fuentes y asadores entonaban todavía la dickensiana —¡oh, Picwick!—, fanfarria cocineril de nuestros dichosos trasabuelos...

   Es la noche, y el pazo duerme. La luna, magnolia celeste, acalla aún más el gran silencio nocturno.
  Quizá los élitros monocordes de un insecto a quien Amor desvela, repiten su serenata —Glück, Paisiello, Cimarosa—, entre las platabandas del jardín estremecido por la brisa, donde una Flora de mármol adensa con su palor las sombras inquietas de los árboles.
   Murmura un agua escondida.
   Canta el ruiseñor.
 

ESCRITO EN EL CIELO, Antón Casariego, Martín casariego & Fernando R. Lafuente

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ANTÓN CASARIEGO, MARTÍN CASARIEGO & FERNANDO R. LAFUENTE, Escrito en el cielo, Alfaguara, Madrid, 2017, 256 páginas.

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Los hermanos Casariego y R. Lafuente se encargan de editar este precioso volumen subtitulado Madrid imaginada en la literatura (1977-2017): «ciento cincuenta fragmentos de otros tantos autores» para construir, mediante estos fogonazos, «un relato certero y probable de Madrid como punto de encuentro universal y como ciudad de la cultura y el libro». De Jorge Edwards a Manuel Vicent, pasando por Marta Sanz, Luisa Castro, Andrés Barba o Ray Loriga.
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TIEMPO DE VIDA, Anagrama, 2010

   Mis padres se casaron en 1964. Mi padre tenía veintitrés años y mi madre veinticinco. Meses antes mi padre había comprado un apartamento en la calle Infanta Mercedes de Madrid con una herencia de su abuelo materno. El dinero para los muebles, como parece que era tradición, lo puso el mío. Años después, ya enfermo, mi padre me dijo que lo que le atrajo de mi madre fue su elegante belleza y el misterio imperturbable de su mirada. Levaba desde los veinte años viajando por Europa, había vivido en Ámsterdam, Londres y París, y en ningún sitio le había faltado compañía femenina, como atestiguan sus foros de esa época. [...]
   Esa juventud de su matrimonio se prolonga después de su vuelta a Madrid en 1966. Mi padre pinta y expone. Aún no tienen responsabilidades, no me tienen a mí. Entran y salen con frecuencia. Los visitan amigos. Amigos pintores y también escritores. Amigos, algunos, que, por su aspecto estrafalario en el Madrid de la época, detienen el tráfico a su paso. En las fotos que conservo se los ve más reposados que en las primeras, más atenuada la exteriorización de la alegría. Parece, sin embargo, una tranquilidad artificial, como si jugaran a ser madres. Mi padre sentado en una butaca, con un whisky en las manos, y mi madre detrás, reclinada sobre el respaldo con un brazo en el hombro de él.

MARCOS GIRALT TORRENTE


En este libro Giralt Torrente se enfrenta a un tema universal: la muerte del padre. Reconstruye la relación con el suyo, el tiempo de vida que compartió con él, desde su infancia hasta la enfermedad final, y también la huella de su ausencia tras el divorcio. La ciudad de Madrid se convierte en el lienzo ideal sobre el que pintar esta historia conmovedora e intima.

MEDIACIONES, Walter Benjamin

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WALTER BENJAMIN, Mediaciones, Biblioteca Nueva, Madrid, 2017, 128 páginas.

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En De la escritura como mediación (pp. 11-13) escriben sobre Benjamin Pilar Carrera y Jenaro Talens: «En pocos autores vemos, inscrita en los pliegues de la escritura concreta, en la orografía en la que suceden palabas y frases, la marca de una apuesta teórica».
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EN EL CIRCO

El novelista español Gómez de la Serna ha publicado un libro con notas sobre el circo que documenta no sólo un interés renovado, sino que sitúa su origen en la situación precaria de las masas, en su menor temor a la muerte, en su creciente escepticismo ante las instituciones de la espiritualidad y el embrutecimiento. Además, este libro es simpático, porque —caso extremadamente raro— no permite avanzar en el conocimiento de su autor. Por lo tanto, no es un tratado sobre el circo como «símbolo» de la actitud moderna ante la vida, sino que se convierte en una colección de notas tan escasas de realidad como un payaso dentro de un frac. Los amantes de la psicología verán aquí, por supuesto, un vacío. En el circo los más intolerantes deberían abrir su mente para entender que determinadas performances físicas están más cerca de lo esencial o, si se quiere, del milagro, que los fenómenos de la interioridad. Éstas, a menudo, son sólo su manifestación banal, aunque posean tal inervación a ojos de los idealistas. Por lo tanto, es muy adecuado que Serna haya dividido su atención entre el número de un espectáculo de circo y el capítulo de su libro sobre magnerizadores, ilusionistas, contorsionistas y amazonas.

PASIÓN, Brane Mozetič

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BRANE MOZETIC, Pasión, Dos Bigotes, Madrid, 2014, 128 páginas.

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En Almas mellizas (pp. 3-8) el escritor y traductor Lawrence Schimel destaca de los relatos de Mozetič: «son historias acerca de la pasión [...] pero más que nada son historias sobre el anhelo de conexión, y los efímeros momentos en los que esta se encuentra.»
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LA CALLE 

   Yo también estaba en la calle. Desde la caída de la fortaleza tenebrosa hasta los restos de las culturas más antiguas. Y, durante todo ese tiempo, no pasaba nada. Solo un desfile lento de seres casi irreconocibles. Me fijaba en los farolillos y globos multicolores que bailaban en el aire y en el vaivén de unas manos alegres saludando desde allí arriba, desde las ventanas de los áticos, y te percibía andando a mi lado y sentía angustia porque veía mi propio vacío y no sabía qué iba mal, por qué no sentía escalofríos, por qué no me dolía nada, sino que tan solo caminaba frío como un muerto por el asfalto. La oleada embestía y se paraba y la multitud avanzaba agitada, en ella se mezclaban los cuerpos y se tocaban las manos que ignoraban a quiénes pertenecían y que toda esperanza había sido inútil. Y yo ya no tenía esperanza. Solo me engañaba a mí mismo con una actitud siempre juguetona, como si no fuera todo tan evidente. Ah, qué libertad andar en medio de la calle, dejarse cubrir por las flores, cantar, encandilado, junto a miles de voces, de un modo tan ruidoso que la piel brillaba y el sol se retiraba tímido detrás de una nube. ¿Estás aquí? Te siento y sé que no te amo. Me preguntas por qué. Me gustaría mucho decírtelo, pero no tengo ganas, ya que estamos avanzando a través del río feliz de sangre caliente y, en el fondo, no sé qué decir. Tal vez esté feo, pero ¿de verdad crees que te debo una explicación? ¿No ves cómo se alzan nuestras manos, cómo se suceden los besos, cómo los cuerpos desnudos en las carrozas se empapan de aire, de este aire libre que desprende este desfile? Tú admiras todo esto, ¿verdad? Y te gustaría que los dos montáramos un espectáculo, o mejor tú solo, porque yo no cuento. Es verdad que no cuento, reacciono casi mecánicamente, con mi andar, mis dedos, mi risa, mi llanto, y entre todo este baile, este debe ser el dominio africano del cuerpo, o el cuerpo mismo, esta piel me impulsa a los ritmos impetuosos, pero dentro, dentro no se mueve nada y apenas lo siento —apenas siento que todo está tranquilo—; solo tengo un recuerdo vago de cómo, a veces, las cosas se despiertan.
   Apenas te recuerdo y, en la calle, uno se olvida de todo. Uno apenas es más que un cuerpo —trato de recordar tus facciones, tu voz, tus palabras, he probado ya todos los cuerpos, pero sin éxito—. Si no, volveré, y entiéndeme: ya no puedo retener nada, todo se hunde en cuanto lo suelto de las manos. Tal vez no tengas fuerzas suficientes para mantenerme con vida a mí y a todos mis amores, a todas las sensaciones que, al escurrirse de mis manos, se han sumergido. Apenas sabía que no me sentía bien, todos los pretextos aún servían, y la ciudad pertenecía a las divinidades antiguas, olvidadas. Como si en este silencio ruidoso desapareciese mi palabra, mi pensamiento, y quedasen solo los reflejos. Y, entonces, escuché una voz a mi lado: Perdona, ¿eres judío? Tuve dificultades en asimilarlo y mi cabeza quedó fría como si la pregunta fuera también una canción o un gesto al que no había que responder desde dentro de uno mismo, sino solo así, en la calle, cuando las extremidades del cuerpo se mueven solas. Pero la cabeza a mi lado repitió la cuestión y después, cuando no salía nada de mí, oí: Lo siento, me he equivocado. Y la ligereza que inundaba la calle continuaba cuando las carrozas concluían su trayecto y terminaba el desfile con una alegría cada vez mayor y cuando yo abría la boca para cantar a lo mejor por última vez. Pero ahora se desmoronaron las barricadas y mi cabeza se abrió de verdad, y allí dentro, dentro de ella, no había nada. No, busco en vano las raíces debajo de mis pies, parece que se han podrido, y poco a poco, muy lentamente, me voy secando, sin darme cuenta. Y no crezco y no sé de dónde he venido siquiera, por qué estoy aquí, hacia dónde quiero ascender y a qué aspirar. Presiento vagamente que en alguna parte queda algo de mí, tal vez en ti, quizás en los transeúntes, solo aquí, aquí no hay nada en absoluto, nada de lo que pueda decir esto soy yo. Siento que no soy, que nunca he sido, que aún y ya soy polvo.